PALABRERIA

Viajeros al tranvía

 

Serían aproximadamente las 11 de la noche cuando esperábamos para subir al tranvía. Sin embargo, y tras preguntarle al conductor del mismo, supuse que tardaríamos unos minutos en iniciar la marcha, pues se hallaba parado en la otra vía. «Fallo de sistema», me dijo.

 

 

Y, entretanto comentábamos de un modo pausado el suceso, proseguíamos a la espera del arranque. Miré, no obstante y por inercia, hacia la fachada del ayuntamiento: «¡Qué magnífico edificio para al final acoger a tantos aduladores!», pensé. A eso que dos ancianos se aproximaron; uno con gorra y carro de la compra; Rufino (eso me contaría luego un señor), y el otro, el más anciano; Justo, calzaba una extraña quietud, además de se poseedor de una expectante voz entrecortada con la que mostraba su timidez, y comenzaron con una extraña plática que se alargaría aun después de habernos bajado del aparato.

—¡Vamos… qué…! —comenzó Justo sin más prisa que lo hablado.

—¡Ya está, hombre! —le respondió Rufino en tono conciliador—. El tranvía está parado. ¿Qué crees que hará? —El primero callaba; permanecía a la espera de la respuesta, aunque sabía bien qué sucedería—. ¡Pues que nos cogerá, como siempre! Este no se irá sin cargar. Y si no, pues ya vendrá otro…

—Ha venido a regañarme —decía Justo con un extraño dudar y con cierta carga de parsimonia, aunque algo tembloroso.

—¡Claro! —añadió Rufino, justificando así la acción de la regañina efectuada contra su compañero de fatigas—. No has visto que yo también lo hago, pero con disimulo. No que tú has orinado en la misma puerta.

—Pero es que… —seguía tartamudeando el precavido de Justo— ¿…aónde?

—Hay que saberlo —resolvió Rufino—. No ves que ya nos conocen. Fíjate en mí. La mujer me aprecia, me porto bien. Hay veces que me da bocadillos, y otras, refrescos.

—Si se ve qué es buena, pero él… ¿Tú crees que ella…? Ella… ¿Cuántos años tendrá ella?

—No sé; lo de siempre. Ella se arrimaría a él en busca de cobijo. Seguro que él se porta muy bien y ella diría: «tengo una vida agradable junto a él». Luego el tiempo lo hace todo practicable y ella pensaría: «le he cogido cariño, y me trata bien». Y, cuando se vino a dar cuenta, los años pasaron e hicieron que lo quisiera.

El tranvía se reseteó, las luces de su interior se encendieron, aunque solo parcialmente. Tanto los ancianos como quienes estábamos allí nos fijamos en ese detalle. Ya se escuchaba el murmurar: «pronto saldrá». Pero ellos, los ancianos, prosiguieron con su sosegada cháchara.

Justo, siempre precavido, terció hacia su buenaventura:

—Fíjate, a mí ella (su compañera, con la que compartía cobijo) me quiere. Me hace muy buena comida. Hoy me ha puesto un enorme plato de puchero, y hasta me ha puesto café. Y esta mañana me hizo unos bizcochos y…

—Yo también los como —le cortó Rufino—. Tengo en mi casa bandejas así —con sus manos dibujaba el tamaño del azafate— de bizcochos, y de mostachones.

Justo, no obstante, continuaba regocijándose con su parca y extraña palabrería a propósito de lo maravilloso que era compartir su día a día con su mujer. Sin embargo, Rufino parecía aquejarse por su soledad y buscó una forma de eludir el tema.

—Tengo una leve molestia aquí… —se echó mano al pecho—. Me siento… —puso cara de molestia, simulaba estar fatigado—. No me siento bien. —El más anciano no parecía prestarle atención. No obstante, viró sus palabras y retomó la conversación que en principio traían.

—El tío ese… me gritó. 

—¿Eh? —Rufino ya lo sabía, pero pretendía restarle importancia.

—Sí, sí. Porque donde tú measte meé yo. Y endelejo me vio, y me gritó. Y mira que me escondí.

El tranvía inició la marcha, pero antes de entrar en la parada tendría que llegar al culatón.

—¡Pues claro que te vio! —afirmó Rufino.

El tipo, que ahora comenzó a mirarnos, se dio cuenta de que su conversación no era ajena a quienes allí esperábamos para subir al transporte público. Y como si de un improvisado proscenio se tratase, apretó su risa y prosiguió con lo que nos parecía una obra teatral, de esas que se dan cita a pie de calle bajo los focos de las farolas.

—¡Pues claro que te vio! —repitió con ese tono sosegado y pillería—. ¿Cómo no iba a hacerlo? No ves que tiene cuarenta años y quinca bien.

—Pero yo estaba retirado. Y me vio endelejo.

—¡Fíjate en mí! —le dijo Rufino—. Se ha hecho mi amigo, porque sé cómo comportarme. Hay veces que me sonríe y hasta me da dinero. Y me habla con respeto.

—Pero… también a mí me habla bien, a veces. Pero hoy no. Endelejo me vio y me gritó.

—Claro, primero te da confianza para luego trajinarte.

El tranvía llegó a la parada, todos subimos. Yo, junto a mi morena, permanecí en el vagón contiguo al que ocuparon los ancianos. Y, aunque ya no escuchábamos lo que decían, veíamos cómo los ocupantes del mismo iban pendiente a la conversación que aquellos dos señores mantenían. En efecto, el vagón respiraba el alegre murmurar de quienes prestaban sus oídos a los ancianos. Todos reían con las ocurrencias de estos mañosos y espontáneos cómicos.

Yo, siempre con mis pájaros y mis vueltas de cabeza, con mi morena iba comentando el extraño comportamiento de la gente: cómo nos empapamos de las conversaciones ajenas para luego, tal y como ahora estoy haciendo, exponerlas y exaltarlas en cualquier tipo de muro.

En fin… tres, dos, uno.

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