PALABRERIA

Un poco de leña

 

 

—Pues ya ves, tío. No hago más que darle vueltas a tu propuesta. No consigo verla. Sin embargo…

—…

—¡Espera, tío!… Un momento. ¡No doy crédito! Todos los bancos de la plaza del Duque vacíos y tiene que venir este capullo a sentarse en el mismo en el que me hallo. ¿La gente no comprende que con esto de la maldita pandemia hay que mantener las distancias?

—…

—¡Sí, tío! ¡Nada!… Ya me ha echado. Iré a sentarme en otro. Espero que no acuda a mi encuentro. Porque si quiere leña… la tendrá.

— …

—Sí yo también lo recuerdo, cuanto aquella vez el tipo del autobús… ¡Ah, pero no comprendo! ¿Crees que será cosa de la edad?

—…

—¡Bueno! Recuerdo la de años anteriores… ¿Sabes?

—…

—¡Sí! Puede ser. Supongo que cada etapa de nuestra vida brilla por un gesto que denota cierto grado de rebeldía. Es verdad que durante la adolescencia te crees una deidad, y nada tiene importancia, nada que no te afecte a ti, claro.

»Más tarde, cuando pasas de la veintena, dejas de pensar en la moto para aferrarte al coche. Quieres uno de esos de perfil bajo. Da igual que no se deba traspasar la barrera de los 120, lo suyo es quemar rueda, no importa si la pista no admite más de 50. Y luego, sin quererlo, sin darse cuenta, llega eso de dejar de enfrentarse a todos los vientos. Uno no sabe cómo. Antes eras así… te dices… Y ahora el marinero, por el contrario, que ya va harto de surcar los mares, rehúsa de cualquier tempestad, por calmada que esta se presente.

—…

—¡Sí, claro! Todo cambia. Las responsabilidades y ese otro que no nos deja dormir —el insomnio— nos conducen a aparcar nuestra soberbia. Aunque sí, seguimos buscando gresca, pero a otro nivel. Da igual con quién, pero sobre todo que veamos que podemos con él. Si no es así, habrá que tirar de otra solución; una retirada, una copa, una pataleta… ¡Yo que sé!

—…

—¡Sí, tío! Conforme subimos y pasamos la inflexión de los cuarenta, todo cambia. El reto entonces no es quien pega más fuerte, sino quién torea mejor. Sabes lo que te digo, ¿no?… Es cuando dices: «tú es que no sabes, muchacho». Y de nuevo te ves escuchando ese mismo enunciado, pero ahora eres tú quién lo dicta. Y te das cuenta de que eso de ser tan macho ya no es cosa de correr ni de golpear, más bien de esquivar y apaciguar. Es ahí cuando afirmas que el vinagre solo para las ensaladas… y poca cantidad.

—…

—¡Es cierto! Es ahora cuando te tropiezas, una y otra vez con tu «yo». ¡Acabo de contarte! Escupiste y ahora te llueve, lo normal. Pero en otra piel. Y no una sola vez. Primero se te acerca el niñato, ese que siempre está dispuesto a joderte el día. Y así durante lo que te reste de vida. Suspiras y te haces el sueco, no queda otra.

»Luego, sin que aún te hallas percatado, llega el chulo con la pava y tienes que disculparlo. Aunque cree que él fue quien te perdonó. ¡Es así! Y para colmo, por si no te hartaste con el par, se te acerca tu compañero de curro, ese que no tiene tus 20 años de experiencia, ya que entró hace un par de semanas a currar…

—…

—¡Ja! ¡Sí, tío! Cuenta con esa edad con la que tú entraste. Sin quererlo te ves reflejado, pero te la suda y le vacilas tanto como puedes.

—…

—¡No, tío! No es cuestión del grado de experiencia por el curro, sino por esa picardía que te da la vida. Y cuando el tipo te dice que ha hecho la locura de la edad; comprarse un deportivo. Tú, que vienes de vuelta, vas y le sueltas que tú también haces tus pinitos —en cuanto a locuras—; tomarte unas cervezas.

—…

—¡Exacto! Las metas son distintas. ¡Ja! ¡Unas cervezas! El tipo se queda a cuadros, te toma por amigo de lo absurdo, o de lo tonto. Él no comprende nada, pero tú sí. ¡Ahora sí!

»Y recuerdas ese momento cuando pisabas el acelerador, como si fueras a llegar tarde a ninguna parte. Y ahora haces lo que tu homólogo —el que se jubiló hace unas décadas—; tomarte la vida de otra forma. Caminar en vez de correr.

—…

—… ¡Si, claro! ¡Claro que nos tocará! Ya viste a los dos viejos. Nos doblan la edad. Sin embargo, practican lo de los perros mansos: ladrar y ladrar. Se insultan, se molestan los unos a los otros, y se la dan de gallitos. ¡Es normal! Quieren llegar a esa interminable cima, pero tendrán que contentarse con la cruz, cuando sea que esta llegue. Miran hacia abajo, y escupen. Entonces recapacitan y ven que hasta no allí llegó ese escupitajo que muchos años atrás dibujaron con tanto puño cerrado, no fue el suyo, sino el de un viejo que estaba hasta aquí de tanto cuento. ¡Y Claro! Ya se viene de vuelta, y se sabe lo que se sabe; tampoco ahora nada vale lo suficiente.

—…

—¡En fin!… Tres, dos, uno…

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