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CÉSAR TERGOT BANDAVER Y SUS MALAS MANERAS

La tercera entrega de Jota asoma

 

Diego Bornos llega a la casa, escucha aquellos fuertes gritos: «más rápido, más rápido, más rápido». La voz de quien grita es inconfundible: César Tergot. Diego, no obstante, intenta averiguar quién es dueño de aquel agresivo martilleo —el choque del calabozo contra la pulida piedra—. Sabe que viene de la cocina. Entra por la puerta principal, atraviesa el jardín, luego el porche. Después escucha el enorme grito de dolor y a continuación el bronco disparo.

Diego es poseído por ese tembleque que se le agarra a la mano cuando pretende girar el pomo de la puerta principal. Se vuelve a escuchar el fuerte martilleo. No para, Diego sabe que él tampoco debe detenerse, Cesar Tergot, impaciente, le espera. Poco antes de llegar a la cocina es advertido.

—¡Diego… —grita César mientras sigue troceando— Cuidado por donde pisas!

Diego con cara de espanto y gestos de resignación accede hasta la cocina, no sin antes planificar sus pasos, ha de evitar la sangre y el cuerpo sin vida del tipo que yace sin luz ni brillo en su mirada.

—¿Qué pasó? —Lanza tímidamente Diego a modo de saludo, pero César juega con él.

—Nada, Diego, el tipo entendió que sus uñas eran demasiado largas. Y yo comprendí que su vida, al igual que su traje, le quedaba demasiado grande —Diego traga saliva—. Pero no te quedes ahí. ¡Pasa!

—No sabía que te gustase el arte culinario, mi capitán —el halago no surgió el efecto deseado. César se inclina hacia él mientras sigue troceando aquella carne de cerdo.

—Mi hermano se divertía con sus tableros de madera. Yo, sin embargo, soy más de despiezar huesos y trocear cráneos. ¡Ven! —Exclama César— Te enseñaré, es bien fácil.

—Pero, mi capitán. Yo… —la negativa de Diego es tan evidente como el miedo que lo poseyó desde antes de penetrar a la casa, pero tiene que aceptar. Débilmente sujeta el calabozo y comienza a dar golpes secos, pero inseguros y sin fuerza.

—¡Maldita sea, Diego! Es un bicho muerto, no siente nada. ¡Golpea con contundencia!

—Pero, mi capitán. Yo… —César coloca su mano sobre la de Diego, y le ayuda a dar golpes más recios y certeros— Sabes que soy bueno en letras, en un despacho, pero aborrezco esto otro —Diego siente como suyos los cortes que el calabozo produce sobre aquellas costillas.

—¡Diego, céntrate! —Le dice con aspereza César Tergot— ¿Ves a este hombre que hay en el suelo? —Diego no quiere mirar, prefiere fijar su vista sobre la mano que aprisiona a la suya— Era un buen esbirro, pero, por tu culpa, está muerto —enfatiza César, aunque con voz suave y con carga de empatía hacia Diego—. Te pedí que fueras duro, no obstante, incumpliste. Y te reitero, necesito que seas fuerte y firme en tus decisiones —los golpes van siendo más fríos.

César levanta la mano de la de Diego y este se siente aliviado. Ahora, César se dirige hacia el cuerpo sin vida de su esbirro. Diego sigue chocando el acero sobre el costillar del cerdo. Al momento se sobrecoge y entra en estado de choque cuando ve cómo su capitán ha colocado el brazo derecho del fallecido esbirro para que él lo trocee. La impotencia de Diego, lo detiene. Casi se desmaya, pero César lo sujeta con rabia por el brazo. Y tras una nueva queja:

—Mi capitán, César… ¡Maldita sea! —Se queja Diego levemente y sin aliento.

—Déjate de una vez por todas de gilipolleces, Diego —César se muestra duro, indolente y despiadado. Diego Bornos lo conoce y sabe de qué es capaz —. Es carne muerta, no siente dolor alguno —reitera César—, lo mismo que el cerdo que ahora mutilas. Corta de una puta vez —le grita al oído.

Diego se debilita. Con todo, convierte su impotencia en coraje y comienza a trocear la mano; los dedos que aun le resta al esbirro, luego la muñeca, el antebrazo. Siente cómo su corazón se estremece a la vez que bombea con fuerza hacia sus músculos. Debe cortar enérgicamente los huesos del antebrazo antes de que la sangre, aún caliente, le salpique y lo ensucie aún más.

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