PALABRERIA

Pero ¿y los huevos?

 

A las doce horas de un caluroso día, en la calle de aquel bello y sencillo pueblo serrano, dos vecinas de una misma calle —la cual está cuesta arriba, o cuesta abajo, según desde donde vengas o hacia adonde vayas—, puerta con puerta  o pared con pared (eso es lo de menos) encalaban sus paredes y, mientras mojaban sus cañas en el cubo de la cal, sobre temas de huevos hablaban. Pero no de huevos cualquiera…

 

 

 

—¡Cómo te digo, Mari! Fue lo que ella contaba cuando ya estaban rotos. Y lo supo cuando cambió aquella cesta de mimbre donde transportaba los huevos. También despachó a la albacea y se buscó a otra.

—¡Pero, Toñi! Lo pienso y me cuesta creerlo. ¿Cómo coño no quisieron darse cuenta? Si era sangre de su sangre. Y esa, a la que llamaban «fea gallinita», también. ¿Por qué, entonces?

—Se hartó de poner huevos para ellos, Mari.

—¿Pero cómo llegó a darse cuenta la pava?

—¿No hablábamos de gallinas?

—Es lo de menos, Toñi. La cosa es que la de los huevos dorados se fue, pero antes dejó de ponerlos. Así, sin más. Y ellos se vieron desposeídos, de un plumazo, de tan radiante bienestar y felicidad que les proporcionaba lo dorado del gallinero. Ya lo dijeron en el cortijo.

—¿En cuál de ellos? Últimamente no veo muchos jornaleros que quieran sembrar sus moñigas por acá.

—¡En todos, Toñi! En todos. La noticia se ha convertido en el deporte nacional. Ciertamente, y volviendo a señalar hacia los cortijos, comenzó en aquel donde antes de salvarla casi lapidan al Pobrecito vástago. Ya estaba casi asfixiado cuando alguien introdujo la mano y lo sacó de la ciénaga en la que, desde hacía decenas de años, estaba hundido. Aunque, en realidad, mejor sería decir «hundida».

—¡Joe, Mari! Me estoy liando con tanta cal, tanta blancura y también con tan poco género. Y ahora; con tanto espesor de ciénagas. Al final siempre relucirá, pero mientras eso sucede…

—¡Digo! —Mari vio que ambas estaban más liadas que una peonza antes de ser lanzada y fue a abrir una de las cortinas de alguna de sus ventanas—. A ver, Toñi. La gallina murió, se fue. Y dejó aquí sus dorados huevos. Y a su cría, por supuesto. Eso, por no contar al zorro que siempre merodeaba por el corral. ¡Hasta acá todo en orden! —Toñi confirmó—. Este; el zorro, no hace mucho que afirmó, a modo de cante jondo y en el cortijo de siempre, que sigue aullando durante las noches del arduo invierno por el buen caldo de gallina; lo echa de menos, también lo tomaba durante las noches del caluroso verano. Y eso que, poco después de que ella se fuera, se buscó a alguien que lo calentase y le diera cobijo.

—Si hablas de calentar no debes olvidar, Mari, que él ya se calentaba solo. Eso sí; siempre con hielo. No obstante, lo del deporte nacional sigo sin verlo. No por nada, sino porque, como tal, lleva lustros irrumpiendo en las olimpiadas… Y tampoco veo lo de aullar, ¿no es eso cosa de lobos?

En ese instante, yo, que ya estaba allí y escuchaba cómo las señoras hablaban de juegos olímpicos y de doradas medallas (más que de huevos), me abstraje. No supe o no pude capturar tanta extraña verborrea. ¿Sería por mi vago pesar? No sé, pero ni siquiera imaginé de qué hablaban las féminas de las cañas tras esa versión oral del código morse que con tantas tablas practicaban.

—¡Qué más da, Toñi! —Me miró de reojo la Mari. Creo que ya estaba más que acostumbrada a verme por allí, pues, casualmente, el banco en el que normalmente suelo sentarme (para expresar mis bits, afinar mi guitarra o establecer mis rutas) me coge bien cerca de aquellas dos fachadas—. ¿Acaso no comprendiste?

»No es ese el problema, ¿verdad? La cosa es que quien hace de manta no puede soportar más esos aullidos. Ciertamente, ella no pone los huevos dorados, aunque supongo que de vez en cuando, o quizás sea tarde en tarde, los pone a remojo. Aunque… ¿Qué quieres que te diga? Ese zorro parece cojear más que un palomo viejo.

Ya dije que me había perdido, ¿no? Ellas seguían.

—A ver Mari, deja ya de mirarlo —se dirigió a mí, o eso entendí. Y me hice el sueco—. Sabes que la cal no casa con los malos escritores —En efecto, se refería a mí—. Además, ya tengo mi pared encalada. Mira a ver si me he dejado santo alguno antes de recoger todo y cerrar la puerta. —Mari prestó atención a la pared de su amiga. Yo la vi toda blanca.

—¡Nada, Toñi! Los mismos santos que corren por los cortijos; ni uno solo de ellos. Recoge la caña que yo también he dejado de pescar y también me voy “pa dentro”. Y no hace falta que mires mi fachada. El que vea santos en ella que les pida un deseo o les rece un padrenuestro. O ¡qué coño! Qué los borre si tanto le molesta. Y sus inquietudes con su pan se las coma.

Yo, todavía sentado allí, suspiré por no comprender y me dije, aún sin comprender: «Pero, ¿y los huevos?».

 En fin… tres, dos uno.

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