PALABRERIA

Lo que me dijo la profesora Elena

 

Aquel día escuchaba a través de mis auriculares de conducción ósea esa canción —de A perfect Circle— que habla de condena. Caminaba hacia la primera estación del Metrocentro. Subí en el tranvía, me senté y pensé en ese asunto que me rondaba por la testa. Me hallaba enfrascado en la última conversación mantenida con mi buen amigo Manuel Senra, quién tenía ciertos desencantos con su computadora y, para que me entretuviese mientras él terminaba la ristra de requisitos que yo le había solicitado para poder solventar su contienda informática con éxito, me ofreció su Oasís prohibido —uno de sus libros de poesías— para que, entretanto, me mantuviese entretenido.

 

 

En efecto, necesitaba saber cuáles eran sus quejas para poder ayudarle y solventar sus inquietudes tecnológicas en el menor tiempo posible —para mí el tiempo es un bien que escasea. Sobre todo en mi día a día—. El tranvía se detuvo en la segunda estación. Entonces hubo algo que llamó mi atención.

—Lo que me dijo la profesora Elena, mamá… Lo que me dijo la profesora Elena, mamá… Lo que me dijo la profesora Elena, mamá… Lo que me dijo la profesora Elena, mamá…

Entraron y salieron viajeros, pero el chico seguía con esa misma respuesta: «Lo que me dijo la profesora Elena, mamá».

Lejos de parecer un chiste, lo que realmente llamó mi atención fue esa acritud con la que el hijo se dirigía a su madre. Por supuesto que no escuché el tono con que su madre le hablaba (supuse que iría en aumento). Aunque, la verdad, solo me bastaba la del hijo para llegar a establecer un conflicto entre ambos.

Tal vez le di demasiada importancia a aquello. La lucha que Manuel Senra contra las máquinas ya no parecía tan grave.

Me pregunté:

—¿Cómo hemos llegado a esto? Ya sea bien el hijo o bien la madre —o ambos—, ¿cómo hemos llegado a perdernos el respeto?

Apenas seguía merodeando sobre ese pensamiento, añadiendo los puntos a las íes, buscando un motivo convincente cuando, en la siguiente estación, entró una mujer que, hablando por teléfono, le decía a su interlocutor que había cambiado las vacaciones para no recuerdo (ni me importó saber) qué fechas. No obstante, sin pretenderlo, asocié ambos cortos párrafos; el «Lo que me dijo la profesora Elena, mamá», con el «Y, por eso, ahora tengo las vacaciones para…».

Y, de nuevo sin querer, hice lo que mi amigo Josema hace cada vez que escucha una canción; analizarla como pocos podrían —aunque no sé si con mi entendimiento alcancé el mismo nivel de profesionalidad que mi amigo—. Por otro lado, le escribí un mensaje a Manuel Senra; poesía sublime.

Retomé el hilo de «lo que me dijo la profesora Elena, mamá». Medité. Y, como si fuera un psicólogo de la calle, de la antropología social del presente, establecí una conclusión: Nos estamos desviando de la senda del valor. Andamos siempre pensando en el futuro que apenas prestamos atención a los pequeños detalles. Es lo que suele ocurrir cuando en un guion establecen las secuencias y plantean el final sin prestar atención a lo que en ella acontecerá, como si el telespectador; el cineasta, percibirá tan solo lo que el director quiera dibujarle, y no otros muchos detalles que al avispado cinéfilo no se le escaparán.

El reiterado «lo que me dijo la profesora Elena, mamá…», para mí, denota una queja que aún no fue resuelta: la falta de atención.

Quienes ya podemos comer huevos, los que ya somos padres, coincidiremos y estaremos de acuerdo en que en este actual presente ser padre es más difícil que nunca. Hay quienes ven que la cachetada a tiempo pone firme al arbolito —pero mi padre, volviendo a ese «… a tiempo», nunca me puso una mano encima, y seguro que en más de una ocasión lo merecí—. Personalmente, siempre he pensado que un simple castigo y una explicación (ambas cosas; una detrás o delante de la otra) dan mejor resultado que cualquier pequeño símbolo de agresión. Y reitero que los actuales tiempos son mucho más complejos para el padre. Pero quizás, también para el hijo. Porque el hijo navega contracorriente, sí. Pero no creo que sea por excesivo consejo, si no por todo lo demás. La falta de atención.

La ignorancia es lo que más daño hace, sea a quien fuere. Y sí es con un hijo, seguro que terminará por quejarse, mostrar su falta de atención (esa que los padres profesamos hacia ellos) jugando a los nuevos retos que las redes sociales extienden más que una propia pandemia.

¿Moraleja? No sé. Dímela tú. No te comportes como ese egoísta que todos, en nuestra adolescencia y sin siquiera darnos cuenta, hemos llegado a conocer.

Tal vez sea este el oasis prohibido; las vacaciones, en el que NO deberíamos pensar, y situarnos en el presente —no en el futuro— para preocuparnos de lo que más nos ha de importar.

… tres, dos, uno.

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