Personajes de un largo día

Las 49 puertas de Herzog

Eva Márquez Herzog y su brazo biónico; la mujer biónica: Así la llamaban a sus espaldas algunas de las que conocían su trágico pasado.

Desde antaño, la familia Herzog siempre vivió en aquel pueblo, en aquella misma casa. Sus antepasados crearon un enorme y fortificado sótano para librarse de las posibles agresiones a las que pudieran verse sometidos durante la invasión bélica. Ni ella misma supo jamás —porque, aunque preguntó, jamás le respondieron— de aquella sofisticación, a nadie fue desvelada. En ella se guardaban guarniciones para muy largo tiempo a una temperatura óptima, además de todo lo necesario para poder sobrevivir. 

Después de la guerra aquello siguió formando parte de su secretismo. Nunca nadie ajeno a aquello lo supo. Y cuando dejó de tener sentido como refugio —las guerras quedaron atrás y el peligro ante catástrofe y epidemias siempre fue ínfimo— su bisabuelo lo remodeló. Hizo del sótano un lugar de almacén, creó un pasillo que formaba un romboide perfecto que daba acceso a cada uno de los cuartos que creó, y para los interiores el pasillo quedaba en forma de cruz. Y con la idea de liar aun más aquello, enumeró las puertas. En total, el conjunto de puertas daba como resultado cuarenta y ocho. La que hacía 49, estaba situada al lado de la escalera por la que se subía a la planta superior de la casa. En aquella había una especie de cuadro que la adornaba y que tenía por leyenda la frase: “Ruta 49”.

Las otras cuarenta y ocho puertas de Herzog debían permanecer ocultas a los indeseables merodeadores, y siguieron manteniéndose en riguroso secreto. 

Además de aquello, su abuelo estableció un sistema para que nadie de la familia, más que el encargado de las llaves, tuviera acceso y control a cada una de ellas. Y con esa firme intención la persona responsable del secretismo que ocultaban aquellas oscuras salas, cada año cambiaba de numeración. Se establecía mediante un sistema aleatorio, de forma que solo una de aquellas personas tendría el control. Así, en caso de que pudiera haber el más mínimo sentimiento de traición por parte de los miembros de la familia, solo, la persona elegida —en la que más se confiaba, según las pruebas a las que todas serian sometidas durante su infancia hasta alcanzar el momento de transmitir el secreto— fuera la única responsable la que contase con un acceso total. En aquellos años, Eva fue la única descendiente directa de la familia, por tanto, la custodia de los secretos familiares solo pudo recaer en ella. Sin embargo, la enterradora fue más allá, siguió con la reordenación de números de las cuarenta y ocho habitaciones. 

En este año, cuando Beatriz llegó en el descapotable, los números andaban muy destartalados por aquellos pasillos. Las salas secretas quedaban divididas así: por cada lado del pasillo exterior había entradas a seis salas. Y luego en los pasillos que formaban el cruce se daban acceso a once puertas (cada uno).

En estas habitaciones se podían encontrar de todo, o casi de todo. Al entrar desde el ascensor al sótano, este quedaba en una de las esquinas de la plataforma subterránea. 

Al salir del mismo se podían tomar tres caminos: si se cogía recto por el pasillo vertical (así llamaron al que iba de norte a sur) que era el central de los tres posibles, los números a izquierda y derecha eran: 4; donde se guardaba el oro de los invasores que, durante la guerra pretendieron llevarse en su huida, mas no pudieron. La 36; donde estaba colocado un generador de corriente que se alimentaba de las placas solares que tenía colocadas en el techo de la casa, la casa contaba con un segundo abastecimiento de energía, por valorar otras situaciones de emergencias; la red eléctrica con la que contaba todo el pueblo. Le seguía la habitación 10; donde guardaba combustible fósil que en la actualidad no se utilizaba, y 22; que servía de almacén de los aperos y herramientas necesarias para el mantenimiento y cuidado de su plantación. A continuación, las puertas 35; donde guardaba la dura ropa de invierno, suficiente para abastecer un batallón —aunque solo utilizaba un mínimo porcentaje por ser la única que quedaba de su clan. El día del accidente perdió a su esposo e hijos—. La puerta 11, donde se abastecía de comida enlatada, por si las moscas, además de otras envasadas por ellas bajo un estricto sistema de conservación; verduras y frutas que hacían tener una gran variedad de alimentos, también envasaba carne. Adosadas seguían las habitaciones 40; la cual quedaba casi en el centro del sótano y en cuyo interior se ubicaba un pozo de agua dulce y potable con la que abastecía el huerto y las necesidades de la casa cubierto y la 17; la habitación de los recuerdos: conservaba en ella los juguetes de toda la familia, desde que estos existieron, y otros enseres personales. En el siguiente par de puertas, 25; una de las más grandes salas en las que se distribuían una veintena de literas. y la 6; fue utilizada en su tiempo como sala de operaciones estratégicas y de mando. Y, por último, la habitación en la que terminaba el pasillo, el impar 33, una sala de torturas que contaba con herramientas de torturas utilizadas por grandes y desaparecidos imperios.

Luego, si se seguía en sentido horario las seis salas siguientes se distribuían en 45; era la sala con menor humedad de todas y por eso se almacenaba la peligrosa dinamita, también expropiada a las tropas francesas durante su huida. Aledaña a esta la sala 14; actualmente la más infranqueable y también la más pequeña, para entrar en ella contaba con un sistema único que solo Eva podía utilizar —su brazo biónico— esta sala nunca tuvo utilidad hasta que la fúnebre mujer le buscó un propósito. Unos pasos más adelante, se llegaba a la puerta 38, una sala vacía con restos arqueológicos en su interior, un primer asentamiento de los primeros nómadas que por allí pasaron, la más profunda de todas las habitaciones. Contrastaba con aquella la 20; la más baja que por ese detalle, de momento, permanecía sin uso. Todo lo contrario, representaba la 42, era la sala que más utilizaba Eva —su trocito de cielo, lo llamaba, entre otras cosas— pero desde que ocurrió el accidente dejó de entrar en ella. Se llegaba al siguiente vértice al chocar con la puerta número 1; el sistema de calderas de la casa, con ella se conseguía que, tanto el búnker, como la casa, estuviesen siempre a la temperatura deseada. Desde aquí partía un sistema de conductos de tuberías por las que el agua del pozo mantenía la temperatura deseada para cualquier estancia de la casa, secreta o no. 

En efecto, el pozo contaba con dos ramificaciones; una de dura goma que servía para transportar el agua al huerto y a la casa, y otra que salía hacia la sala de calderas —esa llave siempre permanecía cerrada; el sistema no tenía ninguna fuga.

La siguiente arista volvía al ascensor y franqueaba otras puertas. En la 46 se guardaban infinidad de lienzos, de grandes artistas —todos procedentes de muchísimos expolios que guerra tras guerra quedaron en el olvido—, Murillo, Velázquez, algunos lienzos de Leonardo da Vinci, como la Gioconda, la original. La que permanece en el museo del Louvre fue una copia realizada por uno de sus mayores discípulos; Gian Giacomo Caprotti, que captó por completo la esencia de la extraña Mona Lisa. 

La que contaba por número 8 se reservaba como bodega, era la sala más fresca. Y en la contigua, la 39, Eva tenía su laboratorio secreto; preparaba sus compuestos naturales y sus venenos, todo un universo por descubrir. Los documentos de su familia, laborales y personales se conservaban en la sala 12, esta tenía una puerta interior que daba acceso a la habitación número 37, donde había una amplia biblioteca; libros antiguos ya dados por perdido mucho tiempo atrás. Eva, muy de tarde en tarde ojeaba alguno que otro. Los que más consultaba los tenía arriba en su dormitorio; los de botánica. La sala 48 era una sala para el culto, y también para el ocultismo, nunca fue aficionada a las religiones, pero, según sus ancestros, había que tener conocimiento de todo. 

La sala 3 era el conocido cuarto de las ratas, y la contigua a esta; la enumerada como 2, se utilizaba como trampa para los invasores —contaba con un mecanismo, en otra sala desde la que se accionaba el mando, para sumergir la pared interior que unía ambos cuartos y así dejar que las ratas se dieran su muy esperado banquete, cuando se las dejaba semanas sin comer—. Estas dos salas, eran de nueva creación, pues antes no estaban destinadas a nada, son las que siempre llevarían una seguida numeración (2 y 3, 45 y 46, 30 y 29, etc…). El motivo era bien sencillo: No olvidar que estaban comunicadas por una pared móvil.

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Aquello que hizo Eva no fue por capricho, sino por pura necesidad. La plataforma subterránea no solo abarcaba la casa familiar —que ya de por sí sola era tan grande como la de Guadalupe Cantalejo—, también corría por debajo del huerto familiar y del jardín botánico que Eva diseñó después. Su pasión por la flora la llevó a mantener, desde muy pequeña hasta la actualidad, la curiosidad por las plantas, y no solo por los rosales. Su estudio se centró en aquellas plantas consideradas peligrosas o estimulantes, entre ellas destacaban los 32 tipos de la siempre terapéutica marihuana. Eva las producía y las vendía por los pueblos de alrededores; las tenía para vencer a la somnolencia, para combatir el estrés, para soportar dolores extremos —como la fibromialgia, y los provocados por las distintas mutaciones cancerígenas— y para un sin fin de males a los que ponerles un método natural que no fuese tóxico para el organismo. Ayudó a muchísimas personas a combatir y luchar contra sus males y enfermedades. Tomaba a diario su infusión de marihuana en leche entera —pues con agua solo valía para marearse un poco y evadir la realidad— y le aliviaba su estrés cotidiano, mientras acompañaba los sorbos con lecturas sobre plantas medicinales y dañinas. Solía decir que todas, en su justa medida, podían provocar el efecto deseado; las buenas y las no tan buenas, todas tenían ese poder. Además de la marihuana, la otra planta con la que más tiempo echaba atrás era la mandrágora. Le entusiasmaba el poder de aquella planta. Y otra de gran importancia fue la Aloe Vera. Estudios preliminares diagnosticaron que era la mejor para el cutis y para el tránsito intestinal, entre otras muchas y buenas propiedades. La sopa de estas le resultaba tan fabulosa como las infusiones de marihuana.

Años atrás, la modificación necesaria a la que sometió el sótano fue debido a otra planta; las ramificaciones de la higuera eran incontrolables, tanto fue así que muchas de aquellas raíces terminaron por penetrar en una de las salas subterráneas. «Se les terminaría el mortero y dejarían la tierra a solas» solía decir cada vez que recordaba el momento. Las raíces penetraron en la habitación y con ellas las ratas —ratas que no había en su espléndido huerto, la mandrágora las mantenía a rayas, pero se colaron por un corral vecino—. Su vecino siempre quiso las tierras de Eva, las colindantes a sus dominios, capturaba las ratas y las echaba al corral de la enterradora —hasta que esta se enteró y aquel tipo desapareció. Nadie más volvió a verlo ni a saber de él, las malas lenguas hablaban, pero sin pruebas que evidenciaran el turbio asunto—. La higuera hizo el resto, y las ratas llegaron a entrar en aquella sala del sótano. Primero pensó en eliminarlas, al igual que la tala de las raíces. Ambas cosas no terminaban de dar su fruto, así que cambió de estrategia. Muy a su pesar cortó la hermosa higuera —muerto el perro se acabó la rabia—, las raíces dejaron de brotar por aquel suelo, aunque el daño ya estaba hecho. Los surcos que abrieron las largas raíces del maldito árbol seguían permitiendo el acceso a las despreciables roedoras. Decidida estaba a aplicar una capa de hormigón, pero la cosa cambió cuando un día decidió mantener el enjambre de ratas; la producción de sus verduras y hortalizas eran demasiado, la carne porcina nunca le gustó —el olor al fango de los cerdos siempre la mantuvo alejada de los mismos—. Así que decidió crear su propia industria cárnica. Solo para su consumo, y para el consumo de sus allegados, aquellos que quisieran saborear la dura carne de las roedoras. 

—Pues los chinos dicen que es beneficiosa para el cuerpo humano —solía decir a quienes la contradecían—. Y a mí me mantiene la piel tersa e hidratada, y también alejada de los tíos que solo buscan cama —aprovechó la sobreproducción de sus productos hortícolas y con ellos alimentaba a las ratas, así se aseguraba de que estas estuviesen bien alimentadas y no andaban por pocilgas, desagües ni vertederos.

De vez en cuando, entraba en la sala y seleccionaba algunas para cocinarlas. Otras veces las encerraba, las dejaba sin alimentos durante semanas y —contaban las malas lenguas que así fue como se deshizo del vecino; con su propia trampa— cuando había alguien que no le gustaba o que metía el hocico en sus menesteres lo arrastraba hasta la sala y las ratas hacían su trabajo. —¡Perfecto! —Exclamaba ella. 

Esos rumores son los que arrastraba el viento por el pueblo, y por los pueblos colindantes también. Aquella macabra fábula le sirvió para que nadie la molestase, sobretodo a raíz del accidente, donde desaparecieron su fiel esposo y sus hijos.

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  A la izquierda del ascensor, los seis cuartos por ese pasillo eran el 18; donde se guardaba la leña. Realmente nunca fue necesario y nunca entró en aquella sala más que para almacenar la leña, aunque había que tener un segundo plan, por si surgía una nueva invasión, terrestre o extraterrestre, y esta terminaba con la casa y con las placas solares. Aquella leña le daría la posibilidad de subsistir durante algunos meses más. 

La habitación 29 se utilizaba para la elaboración de la pequeña industria cárnica; la de las ratas. Llevaba un control exhaustivo de ellas, control de enfermedades y todo lo que conlleva ese “ganado”. De vez en cuando, cuando tenía más carne de la cuenta, las enviaba a orfanatos y residencias de mayores. Pero, a pesar de la calidad de la carne y de su riguroso control, nunca puso su procedencia animal, siempre mentía a este respecto. Y parte de esta también se conservaba, como otro tipo de alimento en la sala 11 (la de conservas de alimentos).

Una sala muy curiosa era la enumerada en aquel año como 27; la sala de hologramas: Imágenes muy reales, sonido espectacular que transportaría a cualquiera a una realidad alternativa o no. Esta sala era la de más fácil acceso. Contaba tan solo con un candado. Y era utilizada para despistar a cualquiera que se colase, su control estaba en la sala de mandos (sala 6). La sala comedor y cocina era la sala 15, otra de estructura enorme. Su sistema de ventilación, muy avanzado, quedaba camuflado por debajo de las placas de yeso del techo superior del búnker. Y pegada a esta la sala de aseo, la 31, que quedaba dividida en dos partes (para hombres y mujeres) en cada lado contaba con inodoros y platos de duchas. Y cerraba aquella cara la habitación 24; la habitación para presos muy amplia, contaba con varios módulos y con fuertes barrotes de una extraña aleación de metales; Hierro, acero y aluminio.

  Ahora, desde ese otro vértice, se podían volver a coger dos caminos, la siguiente arista hasta completar el cuadrado exterior o el pasillo horizontal; de oeste a este.

El pasillo horizontal daba acceso, también a izquierda y derecha, a las salas 47 y 41; dos salas vacías que tenían su cometido, todavía sin utilidad. Eran las llamadas salas para imprevistos —nunca se sabe si algo nuevo podría surgir—. Junto a la 20 eran las 3 salas que quedaban totalmente vacías. El siguiente par de puertas eran para los números 13, donde se guardaba todo lo considerado como repuesto y mantenimiento de la casa y de todas las salas del gigantesco sótano; alumbrado, cables, gomas, y un largo etcétera de material para el cuidado de aquella fortaleza. La 34, la inexpugnable sala del pánico; tan fuertemente protegida como la 14, pero para poder resguardar a una amplia familia. Sus paredes estaban formadas por un bloque de hormigón revestido de acero, todo ello a prueba de bombas. Fue la primera sala en crearse. En caso de invasión del sótano por fuerzas extrañas cumpliría con esa misión de inviolabilidad, además de poseer un sistema de cámaras donde se contemplaban todas las demás salas —sin incluir la 14— y comunicarse mediante un pasillo secreto (sí, un pasillo secreto dentro de un sótano secreto) con otras de las salas que, junto a esta formaba un plan de escape.

La enumerada como sala 5 era un tanto especial, si en la 48 se trataba del culto y del ocultismo, podría decirse que esta era paralela en ese sentido religioso o de esoterismo; la sala de objetos y amuletos indígenas de tribus ancestrales ya desaparecidas. Amuletos para practicar muy variados rituales, danza de la lluvia, brujería, magia vudú, comunicación con los espíritus del más allá, etc. que nunca sirvieron pues jamás fueron utilizados. 

Puerta con puerta estaba la 23, una sala muy delicada y excéntrica pues en ella se guardaban los restos de ovnis —los ufo capturados a principios de la década de los sesenta—. El siguiente par de puertas lo conformaban la sala de tecnología, puerta número 21; Gracias a ella se consiguió establecer todo el entramado del sótano. Y, gracias a las investigaciones llevadas a cabo en ella, se consiguió establecer el plan de huida entre la sala del pánico y la sala de escape. La nueva estrategia consistía en un sistema de salas totalmente móviles, salvando a las dos que siempre deberían estar contiguas. Con ello se conseguiría una mayor protección para el entramado de salas. Esa seguridad era la principal causa de que las salas no estuvieran ordenadas por propósitos, por categorías, por tipos de uso, o por cualquier orden que se le quisiera dar. El día que se estableciera un orden, toda la información que había en ellas quedaría bajo cierto grado de vulnerabilidad, algo nunca permitido por los Herzog. 

En la 26, sin embargo, la cosa era bien distinta; la sala de los relojes, donde se marca el tiempo de cualquier parte del planeta. Con un exhaustivo control de la onda producida por átomo de cesio, se mantenía en constante vigilancia el giro que el planeta realizaba al astro Sol y se anotaba minuciosamente, con más de una decena de decimales, el tiempo justo que tardaba la tierra en dar la vuelta completa. Eso, junto al observatorio en otra de las salas, reforzaba esa vigilancia y estudio de los astros. 

Detrás de ellas venía otro par con gran importancia. Todas las semillas de plantas —tanto del jardín botánico como del huerto— se recogían en la habitación 19. Las semillas, perfectamente catalogadas por variedades y familias de plantas, protegidas bajo criogenización; toda su genética quedó bien archivada. La 28 salvaba en su interior el panteón familiar, desde tiempos inmemorables se guardaban los restos familiares. Aquello suponía un gran tesoro familiar; los huesos de la familia aportaban toda la genética de los Herzog: Rasgos físicos, posibles enfermedades y cualquier otro tipo de patología, comportamiento de cada miembro. En el laboratorio se llevaba a cabo todo el estudio, y los datos obtenidos quedaban fielmente registrados en la sala 12.

Por último, quedaba la sala 32 en ese pasillo, la sala de escape. Comunicada con la sala de pánico, en su interior había un pequeño aparato autopropulsado y con un motor auxiliar de queroseno para un rápido despegue, sus alas permanecían plegadas y al momento que estaba en el aire se abrían. Esta sala, la más larga de todas, contaba con una vía subterránea que abarcaba todo el enorme solar que formaba la casa y la superficie de huerto de la familia Herzog. También podría ser utilizada como una vía de escape terrestre para salir de la casa sin ser vista.

Y por fin, la arista que quedaba por recorrer daba acceso a los cuartos 9, 16, 43, 7, 30 y 44. En la habitación 9 quedó establecida la lavandería. En la 16 se guardaban las armas, armas blancas de bandoleros y espadachines, armas de fuegos; desde mosquetones hasta fusiles de asalto, y minas antipersona y carros, todas bien protegidas. En el laboratorio podrían elaborarse todas las que se necesitasen, de momento; innecesario. El observatorio quedaba en la 43. La sala 7 podía considerarse como sala de relax. En su interior había una enorme piscina, no de mucha profundidad, pero si con aguas templadas y calientes, gracias al sistema de calderas que también daba servicio a esta. Además de la piscina contaba con sauna. La 30 fue en su día la sala de recreo para los menores —la familia Herzog pensó que los niños, fuese el lugar donde fuese y pese a las condiciones adversas y sociales, debían ser niños sin preocupaciones, y disfrutar de la infancia—. Esta sala, además de los juegos, estaba provista para poder impartir clases. La 44 la última sala a recorrer después de visitar todos los pasillos. Otra sala de recreo; instrumentos musicales, y el estudio de la música; imprescindible para la vida desde que esta existe —si no que les pregunten a los pájaros—.

Eva Márquez Herzog contaba con muchos secretos, todos y ninguno eran sabidos por sus vecinos, solo rumores y poco más. Siempre tenía remedio para todo, y todas aquellas puertas, quedaban disfrazadas tras el cambio de numeración que anualmente realizaba.

Su casa, de 450 metros cuadrados de una sola planta, estaba construida sobre una base de hormigón, lo normal para que no hubiera problemas por posibles corrimientos de tierra —cosa que jamás hubo en aquella pues, a la hora de hacerla, se eligió bajo un minucioso estudio geotérmico de los lugares de aquel extraño y pequeño pueblo, hasta encontrar el lugar ideal. 

Esto solo era cosa de Los Herzog, a los demás miembros de la comunidad jamás les preocupó, ni lo más mínimo, tantos detalles a la hora de procurarse un techo. Pero eso fue mucho tiempo ha, como ya dijimos. Y siempre fueron rumores, solo rumores.

La distribución actual de las salas era la siguiente:

1. el sistema de calderas de la casa, 

2 y 3. Cuarto de las ratas.

4. Almacén de oro.

5. Sala de objetos y amuletos indígenas de tribus ancestrales. 

6. Operaciones estratégicas y de mando. 

7. Sala de relax. 

8. Bodega, era la sala más fresca. 

9. Sistema de lavandería.

10. Almacenaje de combustible fósil.

11. Comida en conserva.

12. Documentos laborales, y archivos familiares y personales.

13. Almacén de repuestos y mantenimiento.

14. Sala secreta; actualmente la más infranqueable y también la más pequeña.

15. Comedor y cocina, otra de estructura enorme. 

16.  Armas.

17. Habitación de recuerdos. 

18. Almacén de leña. 

19. Semillas de plantas.

20. Sin usar por ser la de techo más bajo.

21. Investigaciones 

22. Almacén de aperos de labranza y otras herramientas.

23. Sala UFO. 

24. Prisión.

25. Espacio para dormir que cuenta con literas.

26. Sala donde se marca el tiempo real del planeta.

27. Sala de hologramas.

28. panteón familiar, 

29. Industria cárnica.

30. Sala de recreo para los menores.

31. Sala de aseo.

32. Escape. 

33. Torturas

34. La inexpugnable sala del pánico.

35. Guardarropa.

36. Energía y generador de corriente.

37. Biblioteca; 

38. Restos arqueológicos 

39. Laboratorio secreto y particular.

40. Pozo de agua dulce 

41. Sala para imprevistos.

42. La más utilizada por Eva, antes de la agresión.

43. Observatorio. 

44. Instrumentos musicales y estudio de música.

45. Dinamita. Es la sala con menor grado de humedad.

46. Pinturas y lienzos.

47. Sala para imprevistos.

48. Sala para el culto, y también para el ocultismo.

49. La entrada al sótano.

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