PALABRERIA

El síndrome del agua sucia

 

Por mucho que pase el tiempo, por mucho que avancemos en tecnología, hay cosas que parecen inalterables, y tienden a repetirse una y otra vez.

El caso que nos ocupa: el inodoro se atascó.

 

 

 

No es algo que ocurra a diario, al menos no lo percibo así, pues siempre se tira de la cadena, cuando se deposita la confianza sobre la tapa, y siempre funciona (más o menos) bien; sin problemas. Otra cosa es que estemos de acuerdo o no con el resultado.

Sí, realmente es un hecho que, más bien, sucede muy de tarde en tarde; cuando las pautas de comportamiento ético de siempre (las que de forma permanente andan torcidas) obedecen a un cambio de paradigma que busca un sistema de transparencia justo y legal, y dentro de esas aguas sucias. Por supuesto que hablamos de las vanas propuestas que nunca llegarán a rebasar lo que supone ser ese día de atascos. Nunca se producirá otra cosa que no sea esa. 

Entonces, justo cuando surge el inesperado atasco (la urna es lo que tiene) —cuando el retrete no se traga ese batiburrillo para alcanzar el deseado acuerdo—, hay que introducir la mano.

Con cara de hastío se cae en la cuenta: toca enfundarse el traje de fontanero; mono y herramientas, y a esperar que aquello no dure demasiado. No obstante, no se acude a ver cuál es el problema real, ni siquiera se profundiza en el hecho de si volverá a repetirse. «La larga gotera», ese triángulo —urna, depósito y lo estancado—, se cita tan de tarde en tarde que no merece la pena prestar mayor atención. Ciertamente, lo que se pretende es salir del paso.

Estas son las «cuentas claras», un pacto de no agresión, un resultado que sea ineficaz —que huele a derrota— pero viable para salvar el día, la noche, o lo que sea que se pretenda salvar. El gran logro radica en solventar el problema que se tiene delante, justo en este momento preciso. Y al mañana, lo que pueda surgir… ya se le buscará un apaño. ¡Qué sea otro quien se enfunde el atuendo del currante! Ahora lo importante es lo de siempre: salir del paso.

Por eso, por mucho que nos empeñemos, lo importante es la propuesta.

¡Sí! Se califica de ética. Es un eufemismo que se ha de preservar para que todos tengamos la vana esperanza de poder desatascar el sifón con el mínimo esfuerzo. Tal barrera de entendimiento nos aboca primero a utilizar lo que implica un menor riesgo y una menor apuesta por el cambio. Un poco de agua hirviendo y el tapón de sosa cáustica obrará el milagro. Pero resulta que, después de pasar la hora propuesta, la medida ha resultado ser todo un fracaso. Una derrota que ahora sí nos obligará a remangarnos.

Es entonces cuando se sujeta con fuerza la herramienta. Aunque primero se busca la vía más fácil. El destornillador gira sobre la cabeza de metal: «no está aquí el problema».

Ese «no está aquí el problema» nos aboca a buscar otro modo de acometer para alcanzar el éxito. Y es que llamar a las puertas del vecino nunca fue fácil. Siempre surge el recelo, pero no queda otra que entregarle las llaves.

Llamas a su puerta y cuando te abre le sueltas: «el problema de las letrinas». Rápidamente comprende la situación y te solicita algún tipo de concesión. Y claro, no te queda más remedio que darle la llave para que entre cuando quiera —tú siempre presente, y no de ningún otro modo—. Y lo que son las cosas, ¡eh! La misma agua, el mismo atasco, pero otra visión distinta.

Tras dimes y diretes, tras falsos elogios encerrados por el inconformismo de ambos, tras tragar con tanta mierda, habéis de enfrentaros al desatasco. Como no podría ser de otra manera, la coalición terminará por dar tantos síes como promesas quedarán vacías; cosas de falsos pactos. No importó, nunca importó tal argumento, pero había que presentar algo.

Tu vecino llegó vacilante, curioseó tanto como pudo (ya habías cerrado las otras puertas cuando llamaste a la suya), y soltó sus propuestas de mejora, habló de primero eliminar cualquier residuo de agua para evitar los siempre molestos salpicones. Aquello molesta, pues el anfitrión ya había dado aquel paso y tener que vivirlo otra vez, le proporciona un ambiente de fraude. Y ya, sin más, sin apenas esfuerzo, se aprietan manos, pelillos a la mar y a rodar el conjunto. El agua sigue su curso cuando tiras de la cisterna, tardará un tiempo en volver a rebosar. Aquello nos concede un leve suspiro. Ahora queda lidiar con el mal que nos atañe; lo favores.

Posiblemente el huésped cambiará, pues no siempre le tocará la china al mismo. Pero quien ahora padeció «el síndrome del agua sucia» ya ha ido a cambiar las cerraduras.

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