PALABRERIA

El escarabajo

 

«Un, dos, tres…», yo iba con mi «un, dos, tres…». Mi Hugo, miraba a los caballos, se regocijaba y reía tan solo por la presencia de estos. Siempre lo he visto feliz, riendo y sonriendo, pero nunca de esa forma tan… extraordinaria.

El caballo al que nos acercamos también parecía feliz con su presencia (la de mi Hugo), pues no dejaba de mover la cabeza y una de sus patas delanteras. Tal vez fuera eso lo que tanto alegró a Hugo.

Mi simple argumento; mi «un, dos, tres…», parecía haberse desvanecido ante su felicidad. Ella; su madre, en cambio, prestaba atención a otros menesteres (soy incapaz de precisarlos).

El caballo se fue, o quizás fuésemos nosotros quienes nos apartásemos de él. ¡Da igual! ¡No importa! No tiene relevancia alguna. Aquella brevedad sirvió de buen comienzo para el desarrollo del día.

Dimos una vuelta por la plaza, luego por el parque. Hugo quedó maravillado con tanta explosión de vida animal y tanto colorido floral. A lo que menos atención prestó fue al suelo. Hasta que vio a las palomas. Desearía que él, en aquel momento, tuviera la capacidad de expresar todo cuanto sentía. Las señalaba, gritaba y pretendía ir en busca de ellas. Sin embargo, cuando estas se aproximaban era él quien solicitaba una retirada. Su vaca o su caballo, no hay más animales a los que él quiera acercarse.

Por supuesto que los cisnes en el lago le impresionaron, también la cantidad de patos que libremente pululaban por sus aguas, pero nada comparable al noble equino, o al tranquilo vacuno. Y, tras una enorme vuelta, salimos del parque.

Fue entonces cuando yo retomé mi «un, dos, tres…». Ella, entretanto, empujaba el carro y hablaba de no recuerdo qué asuntos. Hugo, no obstante, ajeno a la conversación, proseguía con su observación. Para él había sido un rato emotivo y fantástico, aunque, debido a su corta edad, lo olvidará. Mas yo no. Seguro que en alguna ocasión le hablaré de aquello; de esto. Y eso le hará recordarlo a través de mi memoria.

El amarillo albero dio paso al gris alquitrán, las ruedas giraban normal y ella no dejaba de rajar y rajar, rajar y rajar. Y así seguiría hasta llegar a nuestro más próximo destino; el automóvil.

Entonces lo vi. Yo, siempre tan observador de las minúsculas cosas y detalles, lo vi. Ahí estaba el escarabajo.

 

 

Imparable, no sabría describir si iba o no con prisa. Llevaba una trayectoria recta, pero perpendicular a nuestro paso. Seguramente solo pensaba en cruzar ese asfalto, le quedaba poco para lograrlo. Mi Hugo, que miraba hacia otro lugar que no fuese el suelo, no lo vio. Ella tampoco, inmersa seguía en su extraña cháchara. No obstante, ahí estaba yo, alentando al escarabajo con mi pensamiento, con mi «un, dos, tres… un, dos, tres…». Realmente quería que se librase del duro asfalto, son muchas las pisadas despreocupadas y despistadas que suelen darse por el interior del parque, sobre todo en ese ancho asfalto; personas, carruajes y caballos, bicicletas y algún coche.

Me pongo en la piel del escarabajo y pienso que él, también con su «un, dos, tres…» había previsto aquello. Seguro que miró, como cuando yo pretendo cruzar por un paso de cebra, y no vio ni caballos, ni carruajes, solo a pocas personas; «algo fácil de sortear», pensaría. Pero nosotros, sin quererlo, ya habíamos sembrado la semilla del desastre, pues las líneas, opuestas en la marcha pero perpendiculares, se cruzarían en un punto.

Observé, solo yo. Hugo a lo suyo, ella a lo suyo, el escarabajo a lo suyo. Y tuve un atisbo de esperanza, aunque mi cálculo salió mal. Supongo que también el del escarabajo, puesto que no previó que pasarían por allí las ruedas del carro de bebé sobre el que Hugo viajaba —con su hermosa sonrisa y su alegre vivir, pensaría que iría a lomos del caballo—. Y, tras el «erre que erre» de su madre, yo dejé, por un momento, mi «una, dos, tres… un, dos, tres…» y presté atención a ese irremediable cruce que iría a darse, aún con las esperanzas puestas en que no se produjera la catástrofe.

Pero no fue así, la rueda del carro que empujado era por ella, siempre ajena y despistada (seguía a lo suyo), y el tan alegre sentir de Hugo, les eximieron del crimen. Tan solo yo tuve la oportunidad de salvarlo.

Pude advertirla, pude decirle que frenase y así librar al escarabajo de tan tétrico final. Sin embargo, y pese al mal pronóstico que se avecinaba, no lo hice. Yo fui el único responsable. Tal vez no fuera culpa mía, no fui responsable del caminar del escarabajo ni de los pasos del carro, pero sí pude evitarlo, mas no lo hice. Y así, con esa carga, llevo días, semanas, meses, sin poder quitarme de mi cabeza tan anodina carga.

¡En fin! Tres, dos, uno…

2 Comentarios

  • Roque Herrero Escobar

    Tantas veces sucederá lo mismo sin percatarnos de ello… ¿Crees que debiste pensar menos en lo que iba a pasar y actuar más?… como aquellos que graban con sus móviles un accidente en vez de intentar evitarlo o minimizar las consecuencias de éste… Bueno, la próxima vez, sé más diligente; mientras tanto, intenta superarlo Pepe 😬

    • Pepe Cantalejo

      Es, como tú bien dices, un acontecimiento recurrente en el día a día. Vemos que alguien va a chocarse contra un coche, un peatón que va a cruzar por donde no debe o un ciclista que se cruza delante del bus (pensando que tiene todo el derecho del mundo al cruzar, sin ni siquiera detenerse, y encima haciéndolo por un paso de cebra, totalmente prohibido para la circulación del ciclista).

      Ponte en cada uno de esos momentos y verás que en pocos de ellos, aunque adviertes el peligro, avisas al imprudente…

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