Blind

De vientos y de pomadas para frenos

 

—¡Esa puerta! —gritaba la señora Blind mientras accedía a la tienda cuántica por primera vez y empujaba contra la puerta.

—¡Un momento! —pronunció el doctor Soul al del interfono. Parecía un tanto descolocado—. Señora, ¿se encuentra bien?

—Sí, ahora sí. Por supuesto que sí… Pero… ¡Maldita sea el siroco o el paraca! Lo que sea que fuere ese maldito vendaval que contra mi persona se ha alzado.

«¿Qué ocurre, doctor?», se escuchaba débilmente el hilo de voz al otro lado de la línea telefónica. No obstante, el doctor Soul no respondió a la curiosidad de su interlocutor. Observaba con atención a la mujer que por primera vez había accedido a la tienda.

—¡Disculpe! ¿Puedo ayudarla en algo?

—¡Uff! —suspiró la señora Blind—. No, no lo creo. No  he venido por mi propio pie. ¡Ya sabe! El maldito viento.

—¿Qué viento? —soltó el doctor Soul.

«¿Qué dice de viento, doctor?», se escuchó al otro lado de la línea. «¿Viento ahí?», prosiguió. «¿En Triana? ¿En Pagés del Corro? Eso es casi imposible. Esa mujer ha de estar un tanto colgada». Y colgó el teléfono el doctor Soul.

—No sé qué tipo de vientos me han traído hasta acá. ¿Entiende de vientos, señor…?

—Entiendo de los vientos que se utilizan para anclar antenas y pararrayos. Pero… ¡Quién sabe! Tal vez vino usted a por otros tipos de vientos. Quizás más naturales. Antes ha mencionado el paraca y el siroco, ¿cierto? —La señora Blind, aunque dijo no saber bien por qué, admitió haberlo pronunciado—. Pues deje que le cuente, el paraca queda lejos, le gusta moverse por la zona del Perú. No obstante, el siroco, también mencionado por usted, señora…

—Blind, por favor.

—¡Bien, señora Blind! Ese; el siroco, sí que nos visita de vez en cuando. No obstante, no suele alzarse como si fuera un huracán. Es verdad que molesta, y no poco, pero…

—¡Pero nada, caballero! Qué por cierto, aún no me ha dado señas de identidad. —Fue entonces cuando el doctor se presentó ante ella—. Como decía, doctor Soul, ese viento me ha arrastrado hasta acá y… —la señora Blind se puso a deambular por el interior de la tienda. Le resultaba un tanto extraño la cantidad de cacharros y artefactos que halló—. ¡Um! Es posible que, aunque estoy un poco disgustada, me resulta curioso este local. ¿De qué tipo de belicosidad provienen estos cachivaches?

—Deje que le diga, señora Blind, que acá odiamos las guerras. No mostramos más que armamento para dar soluciones a conflictos cotidianos que cualquier persona de a pie, incluida usted, pueda tener. Sin más, y en cuanto a lo que la ha arrastrado hasta acá; el siroco, he de decirle que tenemos atrapavientos de todos los colores para cualquier tienda de campaña.

El teléfono de la tienda cuántica sonó. El doctor Soul advirtió, por el número, de quién se trataba. Así que no descolgó.

—¿Es que no va a cogerlo? —La negativa del doctor Soul no se hizo esperar—. Puede que esté en peligro. ¿Y usted no le va a tender la mano?

—Señora Blind, es el enemigo. Ya volverá a llamar. No dejará de insistir. ¡Tranquila! Todavía es temprano. Y este, sin invitación, es como las moscas, siempre en el lugar que menos se las espera.

—¡Total! «La tienda cuántica» veo en el cartel. ¿Y cuánto de cuántica tiene acá? ¿O acaso no tienen enumerado el inventario?

—Deje que le explique, por favor. Como le dije antes, damos respuesta a problemas, da igual de qué índole y cuál sea el grado de necesidad que desee. Y, por mucho que usted defienda, estoy seguro de que ha tenido que llegar hasta acá no por un fuerte viento, sino por un sólido problema. Tal vez sean rumores y no vientos.

—Ahora que lo dice, doctor Soul…. Es cierto que no tenía previsto acercarme hasta acá, pues desconocía la tienda. Sin embargo, y aprovechando que, según usted, dan soluciones cuánticas a extraños problemas, se me ocurre preguntar, ya que estoy aquí, si disponen de… o si son capaces de preparar una pomada especial para repeler a tanto indeseable.

—Las cremas y lociones antimosquitos que busca se venden en las boticas, señora Blind.

—¡Sí, lo sé! Pero no es eso por lo que preguntaba. Verá, estoy cansada de hacer que los pocos piropos que hacia mi persona se vierten me resbalen… Más bien, quisiera que se frenasen en seco. Ya que, tal y como le he manifiestado, hay quien con ahínco busca ser protagonista de mis desmanes cuando digo que sus insultos poco o nada me pierden. Y es que siempre visto el mismo traje gris, pero hay veces que te toca los jueves. Y hoy, tal vez por el viento o por la quema a la que he sido sometida, es uno de esos días. Y es que, cuando alguien echa a resbalar la pastillita, yo me quedo mirando hacia la copa del guindo a ver quién se deja atosigar. ¿Me sigue?

—Más o menos, señora Blind. Aunque, quizás, no del todo. Me he perdido un poco con su búsqueda. Y con todo, tampoco seré yo quien se tire del guindo. No soy tan ingenuo. No obstante, he de preguntarle; hablaba de jabón, ¿cierto? —La señora Blind, mostrando una amplia y coqueta sonrisa, asintió—. ¡Oh! ¡Ya veo! Y yendo por completo al asunto que nos ocupa; le diré que lo contrario a la vaselina no ha de ser la manteca. Pues con ella conseguiríamos obtener, más bien, un efecto igual de resbaladizo. Aunque, eso sí, mucho más duradero. ¡Jajay!

—¿Lo dice por el martillo? —El doctor Soul cortó su risa en seco. Luego bajó y subió rápida y repetidamente su testa.

—Así que —prosiguió el señor Soul—, tal vez, tendrá que darme… quizás, un poco de tiempo para hallar una solución más dura y contundente.

—¡Ya! —soltó de un modo tosco—. ¿Entonces qué propone?

—¡Um! ¡Déjeme pensar! Porque… Verá, señora Blind; le iba a proponer que… Pero utilizar tanta mala piedra para frenar los insultos también repelería los halagos.

—Eso no me importa ni lo más mínimo, doctor Soul. Hasta ahora, ambos términos me resultan tan nocivos como innecesarios. Prefiero mantener mi integridad, en cuanto a humildad me refiero; eso de tocar el suelo con los pies. Y los insultos…

—Otra tosquedad en su camino. Supongo —adivinó el doctor Soul—. Déjeme decirle, señora Blind, que en la carretera se utilizan bancos de grava. ¡Ya sabe! Para cuando los camiones se quedan sin frenos poder detenerlos antes de que provoquen algún tipo de accidente. Cosa que ya hicieron, pero que después resulte menos grave.

—¡Sí, comprendo, doctor Soul! Cuanto más grava menos grave. Y, extrañamente, recordando a los tipos de las aceras, me acaba de venir a la memoria que… —El doctor no comprendía a qué se estaba refiriendo—. ¡Sí, hombre! Los tipos esos con los que me acabo de tropezar. Están colocando rectángulos de hormigón en la acera, a fuerza de machota y sin importarles siquiera que el 15 de agosto se haya presentado de tan inesperada manera un 23 de mayo. Aunque ya estamos a 24. ¿No es así? 

Parecía descolocado el doctor Soul. Miró el teléfono, que ahora no sonaba, pero se mostraba indeciso, como si necesitase correr a descolgarlo. La señora Blind apreció su gesto.

—Querría consultarlo con el enemigo, ¿eh? —La señora Blind aderezó el comentario con un poco de guasa—. ¿Y después de su negativa, estará él dispuesto a atenderle?

Yo, en cambio, que me hallaba asomado al escaparate de la tienda cuántica, supuse que tanto ella como él querrían buscar la arbitrariedad en la boca de un tercero. Mas no era yo quien debía soltar prenda. Y por supuesto que no accedí.

—No será necesario en esta ocasión, señora Blind —resolvió a decir un poco apesadumbrado el doctor Soul.

—Aunque, en realidad —prosiguió la señora Blind sin más—, nos hallamos un día después (en efecto, ya era ese 24), cuando el astro rey posa su mirada sobre el cumpleaños de Robert Allen Zimmerman, qué tan feliz ha sido con sus adorables (no siempre) letras, mientras que yo; incapaz  soy de abandonar el atolladero por donde siempre camino.

—Más botes que en un concurso de personalidad.

—¡Exacto! Los adoquines y no las piedras.

—¡Señora Blind! ¿En serio? —El doctor Soul parecía más cansado que decepcionado. Aun así esbozó lo segundo antes que lo primero—. Parece que no acaba de darse cuenta. Tal vez sus cualidades no le dejen apreciar sus dolencias, ya que de eso se trata; le molesta. Y no tiene nada que ver con su idiosincrasia, pero sí con la manera de tomarse las cosas. Además, querer frenar con piedras lo que señala como una afrenta sería lapidario. Y entiendo que soterrarlo por completo en grava tampoco es la solución.

—¿Y es eso tan grave? (volvía a surgir el dueto de palabras).

—Dígamelo usted, señora Blind. Prestar atención a las críticas, falaces o no, es algo que se puede detener, por mucho que se embadurne en lodo o en hormigón. Sería como enfundarse un traje de pino. Es algo que sucederá. Y cuando ya no pulule por acá, con sus contradicciones y preocupaciones, le seguirán arrojando escombros de… —Mostró cara de enfado la señora Blind—. ¿No sería mejor ser como ese viento que se aleja en vez de querer buscar una pomada con la que frenar tanto resbalar?

—¡Está bien! No me dé nada —refunfuñó—. Iré a pedir referencias de esta tienda. Porque, sinceramente, me parece que… tres, dos, uno.

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