PALABRERIA

Cuando el ciego no ve…

 

Parecía mentira. Qué revuelo se había armado en la sala «qué más da» del juzgado de lo civil del edificio Viapol.

Por un lado, la actitud de enfado del juez no daba lugar a esquivos para ninguno de los allí presentes, otra vez el litigio quedó interrumpido. Por el otro, el rostro de incredulidad del pobre acusado; el ciego (que naturalmente era incapaz de atisbar lo que allí se estaba produciendo). Sin más, yo, que muy curioso pero poco intrépido reportero soy, rubricaba el colorido del momento en mi libreta de notas mientras mi hijo reflejaba tantísimo negro en su blanco lienzo. Y en medio de la confusión, con chocantes dimes y diretes, tantos como improperios e insultos; firmes ataques a modo de reproches que les arrojaban al pobre ciego.

 

 

El juez dijo estar hasta los jueves de tal situación. Golpeaba con contundencia el martillo sobre el mallete, luego sobre la mesa, sobre el libro, sobre… Esa fue la cuestión para el ciego.

«¿Sobre qué golpea ahora?», preguntó inocentemente, sin más. Y, de repente, todos se volvieron hacia él para gritarle. A continuación, y como si nada, recompusieron sus vestimentas y en silencio revolotearon por la sala hasta sentarse, cada cual en su lugar.

Fue entonces cuando, tras la venia, la acusación llamó al primer testigo —aunque pudiera ser el último; o quizás el único—. Vi a muchos frotarse las manos, como si se dieran cita en una casa de apuestas, o aquello se tratase de una caza de brujas y no de una sala de lo civil.

El tipo; el testigo, anduvo tambaleante hasta posarse en el estrado. El juez miró hacia la biblia y rio tras recordar las películas de wéstern, cuando la petición del juramento religioso se producía y el testigo levantaba la mano sobre el grueso del libro.

«¡Tiene gracia!», dijo. «La biblia quedó tan machacada que de haber procedido con aquello…».

—¡Señor juez! Con la venia, ¿puedo proceder ya? —así, de tan brusca manera cortó al togado su cuchicheo.

—No, letrado —resolvió con vehemencia el más que molesto juez—. Primero debemos dejar hablar a su abogado defensor. ¿No le parece? —El letrado acusador convivió con él, no quedaba otra.

—Con la venia, usía —se le dirigió el letrado defensor. «Otra vez la tipa esa; la venia. ¡Siempre ella!», advirtió el ahora malhumorado ciego. Nadie pareció escucharlo, de lo contrario se hubiera producido un tercer alboroto—. Mi cliente no ha hecho nada —afirmó—. Si no, que alguien me ilumine y lo exponga.

Sí, la jugada pareció ser torpe por parte del defensor del ciego, pues todos los allí congregados, incluso aquel, sabían bien lo que sucedió. Aun así, prosiguieron con la pantomima.

—Testigo, por favor. ¡Proceda! Responda brevemente a la pregunta—. El tipo cumplió con lo encomendado, aunque pecó en lo de ser breve, y comenzó a recitar las verdades del barquero.

—No hizo más que esquivar las quejas, señor juez —esputó el testigo—. Ni siquiera se plantó ante su agresor. Solo le ofreció una ristra de culpabilidad que, en efecto, llegó a producirse, y de qué manera, cuando el amigo amenazante alzó su dedo hacia él.

Pese a que hubo alguno que mirando se quedó hacia el dedo y no hacia adonde apuntaba, la gran mayoría de los presentes supieron a qué fue debido el gesto.

—Y con todo, declaró ser conocedor de su mentira. Y que lo sentía. También dijo sentirse como una mierda. Y… —tomó aire el testigo para luego resoplar—. Es cierto; dijo no saber a qué obedecer cuando se está bajo tales circunstancias. Y ahí me perdí.

—Se sintió como Confucio cuando aquel creyó descubrir la confusión. —Unas voces soltaron cierto desapego hacia las palabras del ciego y lo que parecía ser una manera de analfabetismo. Otras, en cambio, rieron con la broma—. Y eso que nunca pude contemplar el astro.

—¡Qué alguien calle a ese loco! —gritó con desesperación el juez apuntando al acusado—. No vayamos otra vez a colocarnos de bajo la nerviosa posición que hace escasos segundos, y por segunda vez, nos poseyó.

—¡He ahí adonde quería llegar, señor juez!

—¡Yo también, usía!

—¿Bajo qué términos se muestran, acusador y defensor? —El ciego no comprendió nada. Yo, pese a que mi vista es aceptable, tampoco fui capaz de vislumbrar ese pasillo de palabrerías por los que ahora caminaban tales doctores de la ley.

—Con la venia, señor juez, cedo la palabra a mi homólogo defensor.

Varios, ¡Eh!, se produjeron en la sala. No solo el mío ni el expresado por el ciego, también algunos presentes no supieron a qué vinieron esas malas maneras de manejar la barca. Entendí, sin más, que el acusador estaba aun más perdido que el bastón del ciego.

—¡Otro que va a la deriva! —espetó bien molesto el juez.

—¡Es bien fácil, usía! —el letrado estiró su traje a la vez que se giraba hacia el interior de la sala, donde las inquisidoras miradas se cruzaban con las aún no reveladas palabras—. Mi defendido dijo explícitamente no saber. Por tanto, no mintió.

—Dijo no saber, señor juez —saltó, sin permiso alguno, el letrado acusador y remarcó—, después de que se le hubiera dado un plazo más que suficiente para terminar lo que encomendado le fue. —Todos en la sala, salvo el ciego y el juez, convinieron en que aquello fue así—. Y lo único que al final admitió fue un escueto «fui incapaz de cumplir mi parte. ¡Me quedé bloqueado!». Eso dijo. —Surgieron nuevos conatos de alboroto. El de la toga dio nuevos mazazos y el alguacil sostuvo con ansia su cachiporra. En sus ojos se veían las ganas de utilizarla—. ¿Acaso usía necesita recabar más datos para dar su veredicto?

—¡Cuidado letrado! —el juez, alzando la voz, advirtió con furia al acusador—. Soy yo quien pone las reglas en mi gallinero. Y, por muy hastiado que hoy me encuentre, son mis huevos los que plácidamente reposan sobre el lugar más fresco del mismo. 

—¡He ahí, usía! ¡He ahí!

—¿Podría ser más concreto, letrado defensor?

—Por supuesto que sí, usía. Mi defendido fue incapaz de saltar la valla; de fregar el suelo con el detergente que se escondía en lo más recóndito de la cocina; de colocar las mesas de manera equidistante; de barrer hacia fuera cuando, en realidad, lo hizo hacia adentro. Es decir; ensució más que limpió. De eso no nos cabe la menor duda a ninguno de los presentes. —«¡Qué coño!», gritaron muchos de los presentes. «¿En serio es este el defensor de la pobre criatura?»—. Sin embargo, usía —prosiguió—, y este es el quid de la cuestión —señaló—, no mintió ni una sola vez. Lo único que mi cliente hizo mal fue no decir que era ciego. —Se oyó el murmurar de la sala. El defensor prosiguió con su explicación—. ¿Acaso el gordo dijo que era gordo? ¿Y el sordo se declaró no oyente de la tertulia? Y el cabrón, ¿creyó serlo alguna vez? En efecto, el ciego no dijo que lo era. Ese fue su único pecado. Y no es menos cierto que ellos —señaló al resto—, poseedores de la visión, incapaces fueron de vislumbrar al pobre ciego que, aunque solo fuera por un corto instante, quiso sentirse como uno más del rebaño. —Todos los allí presentes callaron como cobardes—. Reitero: el ciego no dijo que lo era.

—¡Queda absuelto! —concluyó rápidamente el juez—. Todos queríais lincharlo. Pero cuando el ciego no ve… tres, dos, uno.

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