PALABRERIA

Compartiendo lecho con la mentira

 

«¡Qué cada perro se lama su cipote!». Es una de las oraciones más empleadas en el ámbito militar. Al menos lo fue durante mi corto trance —9 meses—. Sobre todo, una de las más laureadas por los suboficiales de la compañía de zapadores donde “presté” servicio a mi patria y a mi bandera.

 

 

«¡Nada, nada!», me dirás. Efectivamente, historias de soldados, uniones y reuniones que van más allá de las birras de la cantina, incluso rebasaron la rapidez con la que desmontaba y montaba su fusil el sargento primero; chusquero, astigitano, con bigote y cara de mala leche, pero que, en realidad, con muy buen corazón. 

Bizcocho, mi buen compañero de remplazo, lo cronometró. 

«No fue tan poco», pensé, «para los más de 30 años que tiene de mili el suboficial». Y, sin embargo, pretendía que hiciéramos ese mismo ejercicio en el mismo espacio de tiempo que él. Nosotros, qué solo contábamos con dos semanas de arresto legal… Es lo de siempre; la experiencia.

Definitivamente, eso pasó. Aunque hay veces que todo vuelve a surgir. Así lo vine a recordar aquel día cuando la casualidad nos citó, a ti y a mí, para una singular entrevista. Sin dudas, fue uno de esos días en los que te consuelas bajo el «dios nunca estuvo de nuestro lado» de Motörhead, cuando dices odiar las mentiras. Las hueles a distancia y huyes de ellas como el preso que pávido se queda ante la soga. Rehúyes utilizarlas, sea por el motivo que fuere. Así, con absoluta seguridad, lo adviertes.

Sí, tú dices a boca llena: «¡Odio las mentiras!». Y, sin embargo, a diario compartes lecho con ellas. Bien porque a nadie le interesa tu poca cobardía para afrontar los retos y los enfrentamientos, o bien porque hay quien se alegra de que así sea. Y, dependiendo de la perspectiva del observador, ambas cosas, en tu persona, resultan irrefutables.

Pero ¿acaso eso importa? La cuestión, no obstante, no era esa. 

El candidato entró poco después que tú y que yo. Y pisó la bonita alfombra. Ese fue el verdadero problema.

Y la oficinista. La viste, ¿cierto? Se pavoneó como jamás antes vi a nadie actuar así.

Minutos antes, a los de a pie que allí pujábamos —entre ellos: tú y yo; que no se te olvide— por un simple puesto de técnico en informática, nos trató con la punta del pie. A él no, claro.

El tipo, para mi disgusto (seguro que también para el tuyo), jugaba en otra liga; aunque supongo que también sufrió sus años de chusquero, y adquirió la experiencia necesaria para afrontar nuevos retos y cargar su juego con la mayor brevedad.

Por allí se paseaba como si hubiese acertado el euromillón. La oficinista dijo reconocerlo al momento. Y afirmó con vehemencia que él era algo único, un prodigio. Fue ese peloteo el que me trasladó a la mili, y por ende al feo enunciado del cipote. Aunque tampoco ese era el problema.

En realidad, surge cuando tú pretendes dar fuerza a tu vacío argumento sin importar de qué color vistes. Así se desenvolvía el tipo. Porque, poco antes de cruzar el umbral que tanto parecía temer (y yo sé que fue así), iba hablando de que eran 13 los apoyos que les fueron fieles en no sé qué batalla. 

En serio, lo sabes tan bien como yo; el tipo balanceaba sus brazos como si fuera el fichaje futbolístico más caro de la historia —o tal vez se mostrase como el más alto de los pontífices— mientras, cabizbajo, sostenía una sonrisa que se perdía entre la mentira y la timidez. Su verborrea, no obstante, se sujetaba en firmes párrafos que ya, esbozados en su folio, coreaban su triunfo. Y todos, tú y yo incluidos, parecíamos aceptar su gran elocuencia, pero, sobre todo, sus mentiras.

El individuo, futuro líder y futura leyenda de su partido, daba finos y elegantes pasos, como Gene Kelly en «cantando bajo la lluvia». Y luego, al momento, tras huir de la contienda con su pancarta de “victoria” bajo el brazo, y sin que nadie le hubiera soltado el más mínimo reproche al respecto, ya iban por 49 los abatidos en aquella guerra; los apoyos. Eso dijo; una nueva mentira. Y todos otra vez a callar, incluso tú, qué tanto te prodigabas en desmentir  falsedades.

¡Qué sí, qué sí! Que tenemos la mala costumbre de exagerar las historias para después hacerlas más creíbles. ¡Por supuesto que sí! Es parte de nuestra idiosincrasia. Aunque también es importante saber cuándo se ha de exagerar; siempre antes y nunca después. Y por supuesto en qué momento se ha de mentir. Ya se encargará la prensa de inflar todo lo que se le antoje, y a quién. Porque, en serio, viste cómo el nota había cogido un boleto premiado de esa tómbola en la que desde cachorro invirtió. Y de poco o nada vale la formación cuando ni tú ni yo tenemos un buen padrino que nos case con el destino. Aquí estriba la cuestión.

Y ahora que lo viste; lo perseguiste con tus argucias, incluso después de que saliera electo (e ileso), todavía defiendes que ese fuerte ruido de castañuelas venía de la feria, cuando en realidad eran tus huesos temblorosos. Y claro, yo ya me he perdido con tanto tambor y con tanto peloteo.

«¡Quéjate tú! ¡Sí, tú!». Eso me decías. «Lo único que conseguirás será que digan de ti que sientes en tu piel ese frío vidrio de la pura envidia».

Y aunque lo tuve más que claro, ahora no sé. Dudo si cipotes o capotes ajenos eran los que no había que tocar. Porque, sin darnos cuenta, tengo la percepción, y no tiene por qué ser la verdad, de que alguien los masajea equivocadamente. Y te señalo a ti. Aunque  más bien sea de manera interesada. Está claro que la feria va en ese sentido: se cuenta tal y cómo nos interesa. ¡O nos place! ¡Igual da!

Así que ese «que cada una, con su traje de flamenca, puede sudar por dónde diga su pepe» —cambia el eufemismo, si quieres, por otro que más te interese, ¡total!— está bien desatado cuando aquello no va contigo. Y conmigo tampoco. No obstante, vienes a pretender y a conseguir marear a la perdiz… Qué ya te dije que también soy cazador. ¡Y de los “güenos”! Pero sigues emperrado en tergiversar su propuesta, y la tuya. Y donde antes decías que había floreros, ahora ves jarrones.

«¡Qué no, qué no!», insistí. «¡Qué no es lo mismo!».

Los floreros casi siempre llevan agua. Y los jarrones también, pero estos siempre suelen ir vacíos; llenos de aire, pues sirven para adornar. Los primeros se utilizan para que sean las flores las que adornen. Y este tipo ni es jarrón, ni es florero. Tampoco esa blanca flor; señal de pulcritud, con la que se presentó cuando salió cargado de síes.

En resumen, que me pierdo entre tanta palabrería. Qué no me mientas. No al menos a mí, que te conozco como si te diera el riego a diario. Tus preocupaciones ya no son las mismas que las mías. Y aquí, aunque lo parezca, no hay leyes ni dictaduras, sino acuerdos. Pero es cierto que también, como en la mili, te dan cita para que practiques la tercera imaginaria. Y eso que… tres, dos, uno.

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