PALABRERIA

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    Lo que me dijo la profesora Elena

      Aquel día escuchaba a través de mis auriculares de conducción ósea esa canción —de A perfect Circle— que habla de condena. Caminaba hacia la primera estación del Metrocentro. Subí en el tranvía, me senté y pensé en ese asunto que me rondaba por la testa. Me hallaba enfrascado en la última conversación mantenida con mi buen amigo Manuel Senra, quién tenía ciertos desencantos con su computadora y, para que me entretuviese mientras él terminaba la ristra de requisitos que yo le había solicitado para poder solventar su contienda informática con éxito, me ofreció su Oasís prohibido —uno de sus libros de poesías— para que, entretanto, me mantuviese entretenido.  …

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    Un poco de leña

        —Pues ya ves, tío. No hago más que darle vueltas a tu propuesta. No consigo verla. Sin embargo… —… —¡Espera, tío!… Un momento. ¡No doy crédito! Todos los bancos de la plaza del Duque vacíos y tiene que venir este capullo a sentarse en el mismo en el que me hallo. ¿La gente no comprende que con esto de la maldita pandemia hay que mantener las distancias? —… —¡Sí, tío! ¡Nada!… Ya me ha echado. Iré a sentarme en otro. Espero que no acuda a mi encuentro. Porque si quiere leña… la tendrá. — … —Sí yo también lo recuerdo, cuanto aquella vez el tipo del autobús… ¡Ah,…

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    El escarabajo

      «Un, dos, tres…», yo iba con mi «un, dos, tres…». Mi Hugo, miraba a los caballos, se regocijaba y reía tan solo por la presencia de estos. Siempre lo he visto feliz, riendo y sonriendo, pero nunca de esa forma tan… extraordinaria. El caballo al que nos acercamos también parecía feliz con su presencia (la de mi Hugo), pues no dejaba de mover la cabeza y una de sus patas delanteras. Tal vez fuera eso lo que tanto alegró a Hugo. Mi simple argumento; mi «un, dos, tres…», parecía haberse desvanecido ante su felicidad. Ella; su madre, en cambio, prestaba atención a otros menesteres (soy incapaz de precisarlos). El…

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    La nueva batalla de otra guerra

      Allá que íbamos otra vez, la segunda y definitiva vez —al menos eso dicen—. Otra vez a la lucha de siempre, esa que todos, desde hace más de un año, tenemos. Aunque hay quienes dicen no temer. El enemigo es duro, invariablemente despiadado e invisible. Sabe ocultarse tras cada aliento, tras cada negación, tras cada desacato al orden, al nuevo orden establecido. Yo, como escudero que siempre fui, manejaba las riendas de aquellos que, por la singularidad de la vía, circulaban sin poder rebasar el medio centenar «km/h»; siempre en tercera. La llegada se produjo, sí, pero la… (el muchacho, el escudero, no sabía bien cómo describirlo) piedra, el…

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