Capítulo demo: el refugio del tiempo

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La llegada

Aquel mediodía, de paseo en el antiguo descapotable blanco, se desvió de la vía. Estaba tan cansada que no notó que se salió de la calzada y casi vuelca. En un tris, por aquello del siempre atento instinto de supervivencia, abandonó la pesada dormidera que soportaba desde la pasada madrugada —no pegó ojo en toda la noche— y giró el volante con tal de esquivar el choque y evitar salirse de la carretera secundaria por la que circulaba. Luego siguió por el camino de tierra, no le quedó más remedio. Y después de varios minutos circulando volvió a estar sometida al cansancio. Cuando, sin darse cuenta, recuperó la perdida realidad, no supo cómo pudo llegar a coger la singular ruta por la que conducía con destino a ningún conocido paraje; ni finca ni cortijo alguno se divisaba, solo arboleda y tierra. Con aquel nuevo desnivel, hasta la vía principal quedó fuera de su vista.

—¡Joder! Ya saldré del camino más adelante. Y si no pues de retorno y a volver al lugar por donde entré, ¡si es que lo recuerdo! ¡Que esa es otra! —Se quejaba mientras observaba por el retrovisor el polvo que dejaba atrás e impedía ver lo recorrido; como si se tratase de pintadas de pizarra blanca que se van borrando con esa densa nube de moléculas.

No era para menos, el polvoriento camino quedaba salpicado por muchos baches y algún que otro saliente. Las maneras de conducir para evitar tales controversias la hicieron mecerse en un vaivén de volantazos; no tuvo más remedio que aminorar la marcha. Reducir la velocidad le proporcionó manejar la visual, y a pesar de que seguía sin tener norte, se sentía complacida por la circunstancia.

Condujo durante varios minutos más con aquella desgana. La sensación que la asaltó fue la de esfumarse de todo lo que la rodeaba. Ese sobrecogimiento provocó el no querer cambiar de sentido. Miraba atrás a cada minuto, como si quisiera dar media vuelta, pero terminó por no cambiar el sentido que le guiaba por la desconocida ruta, igual que cuando un electrón queda atrapado en un campo electromagnético. Desatendida, y con la firme intención de seguir por donde el camino desconocido le llevase, encendió la radio; la emisora de siempre no se encontraba en el dial. Buscó y rebuscó; solo interferencias y un sinsentido de tardíos ruidos ocupaban el ambiente sonoro que la radio proporcionaba. De pronto encontró una emisora y ahí la dejó, el locutor hablaba:

—Y después de oír el parte meteorológico para el nuevo día que ha de venir seguiremos con más música —saludó al meteorólogo de la desconocida emisora—. Miguel Coleman Campoamor, dinos cómo será el día de mañana.

—Pues como los anteriores de este mes de marzo, seguiremos con pequeñas lloviznas. El chirimiri de esta última semana nos dará una tregua, al menos por unos días.

—¿Chirimiri? ¿En esta seca provincia? —Protestaba mientras miraba al cielo— Ni una sola nube y dice que llevamos con esta lenta llovizna desde hace una semana. Estaría entonces el polvo asentado en la tierra y no levantaría esta polvareda que voy dejando atrás. ¿Pero cuál emisora es esta? O mejor dicho —volvía a quejarse—, ¿desde dónde coño emitirá?

—Y ahora, uno de los éxitos del momento —seguía la locución radiofónica—. Ya van cuatro semanas en lo alto de las listas de ventas: Proyecto Quercus, con su tema “delito”.

La mujer calló, le extrañó aquello, fue la primera vez que escuchaba el nombre de aquel grupo. La música comenzó y tras la primera rueda de acordes, con tónica en La menor séptima, el tempo aceleró y la voz se escuchó:

“Si venías por la izquierda,

no te adentres por allá,

esta es la única izquierda,

donde los duros atajos

del amanecer se estrechan

y surge un nuevo delito

a cada paso que das,

pero no podrás parar.

Y, a cada trago

brotará un nuevo delito.

Si escupiste a las piedras

de nuevo te equivocaste

Férreas se mantienen ellas

…“

La música era pegadiza, aun así, realizó una nueva búsqueda de emisoras en la vieja radio, y tras llegar al final del dial retrocedió hasta sintonizar aquella misma emisora, la única que el viejo aparato alcanzaba a transmitir.

—¡Qué coño! —Nuevamente se quejó ante otra desconocida propuesta musical que ofrecía la emisora; Ricardo Iorio y su “Allá en Tilcara”[1]— Otro tema que oigo por primera vez. ¿Emisora local? ¿O se trata de un programa de grupos emergentes? —De inmediato la divisó. Allí, a su izquierda, la grandiosa finca.

—¡Joder! Ya era hora de llegar al final del camino —Contempló todo aquel amplio horizonte—. ¡Pedazo de finca! Parece del siglo pasado.

El aspecto de la finca delataba, al menos así lo pretendía, su antigüedad. Un portón enorme de madera de nogal con grandes visillos de cristal rugoso y opaco. La puerta, de dos hojas, superaba la altura de los 250 centímetros, casi cuadrada con sus 220 de anchura. El porche ocupaba toda la ancha fachada de la enorme casa de madera de acacia tallada, pero con poco o ningún relieve. El cerro donde quedaba enclavada se alzaba como una majestuosa meseta sobre la áspera tierra que ahora sí parecía estar húmeda. Al este y al oeste de la vivienda, y cercanas a aquella, varias hileras de enormes y perennes eucaliptos se mostraban firmes, como sembrados adrede para ofrecer sombra en verano y cobijo ante el impasible viento que soplaba en lo alto de aquel cerro. Por demás, la casa quedaba rodeada de tierras de labranza, mas sin sembrar. Detuvo el descapotable y volvió a mirar hacia la finca.

—¡Ostia! Si esto parece sacado de un culebrón mexicano —por más que miraba no llegaba a alcanzar cómo aquello estaba allí; parecía sacado de la nada.

—¿Pero dónde coño estoy? ¿De dónde ha salido esto? ¡Si parece que estemos en Tabernas con su mirada al lejano oeste —una nueva queja cargada de gran incredulidad la hacían creerse que allí se hallaba; en la nada. Pero allí seguía, no podía ignorar la visión—. ¿Estoy soñando? —Miró hacia la casa, hacia el amplio terreno y hacia los árboles por donde vino— ¡Qué coño! ¡Si no se vislumbra el olivar! ¡Voy a tener que dar la vuelta!

Sin embargo, la curiosidad, como una infección, fue mayor que las ganas de emprender cualquier regreso. La impresionante construcción, con los enormes árboles a ambos lados, no dejaba de sorprenderla. Su perplejidad, marcada en su rostro, hacia indicar que se sentía atrapada en algún sueño.

—¡Qué alguien me pellizque, estoy soñando! —Anduvo con dirección a la casona. Parecía sostener la firme intención de entrar.

—Imagínate chica —hablaba consigo misma—. Una casa de aquellas, de alguna de las películas de Clark Gable, en aquella llanura africana, matando mosquitos a tortazos y con el enorme ventilador girando lentamente, agarrado al techo de madera del salón por el que sale la escalera que conduce al piso superior. Y el hermoso y fuerte galán sonriendo. ¡Ya lo veo! En primer lugar, me mostraría la hacienda; las plantaciones de tabaco, la yeguada con sus caballos y la elección de poder subir a uno de ellos para recorrer la interminable llanura. Y después, me subiría a una de las alcobas —de pronto dejó el monólogo, despertó del sueño aquel del que hablaba, y se giró.

—¡Vaya! Una llanura; grande, amplia, vasta en extensión, vasta en desolación —ni una sola diminuta plantación pudo observar.

Desértico todo, salvo los verdes eucaliptos y un pequeño enjambre de plantas silvestres que, como un reflejo, quedaba cercano al coche. No prestó mayor atención.

—¡No comprendo nada! —Negaba con gestos de decepción— Todo esto se muestra tan inhóspito, aunque el suelo parece estar algo húmedo y puede sentirse ese olor a tierra mojada. ¿Y dice el tipo del parte meteorológico que lleva toda la semana cayendo una fina capa de agua? Está claro que la emisora no habla de esta localidad —de nuevo dirigió su mirada al enorme pórtico.

—¿Y si me vigilan? Será mejor dar un rodeo por las afueras de la casa, alguien habrá —comenzó a rodearla. Anduvo durante unos veinte minutos en torno a aquella mansión de madera—. Nadie fuera. Ninguna señal de aperos —volvió a detenerse—. No creo que todos estén adentro. Aunque todo pudiera ser, pues no hay nada más donde detenerse para prestar atención. Ni un simple huerto para las necesidades personales de alimentación del casero que ocupe y mantenga la finca, solo aquellas floras salvajes.

Casi había dado la vuelta completa. Se encontraba como el reloj cuando la pequeña manecilla es arrastrada hasta la meta de las doce por el minutero, señalando otra vez a las “en punto”. El giro la acercó a la altura del descapotable blanco, hasta que lo vio.

—¡En serio! Esto parece sacado de otra época. ¿Cómo no lo vi nunca antes, y cómo jamás oí hablar de este peculiar lugar? ¡Penrose! —Se acercó al coche, metió la mano en la guantera, sacó su teléfono móvil y activó el GPS.

 —¡Nada! ¡Qué no funciona el navegador! —Una nueva queja pronunció a media voz— Sin cobertura o yo qué sé —se aproximó al mojón, número LUXX103-119—. A ver ahora el tiempo que tardaré en regresar al desvío. Y la curiosidad por entrar me sigue llamando —y otra vez cogió su dispositivo, lo reinició y volvió a buscar un plano que le mostrase su localización.

—¡Maldita sea! ¡Cosa más rara!

—¿Se dirige usted a mí? —Alguien le respondió.

La mujer que pilotó hasta allí el viejo descapotable hacía esfuerzos por encontrar al dueño de aquella voz. De pronto lo vio, junto a la linde floral, de rodillas y manipulando las flores de los campestres arbustos frutales; grosellas, arándanos morados, fresas y frambuesas. Allí estaba él.

—¿Qué pintan estas silvestres plantas afrutadas en medio de estos campos?

—Se llama biodiversidad —respondió el jardinero.

Vestía con infrecuente atuendo; parecido al apicultor, pero libre de esa ropa blanca de pana que evita que las abejas le piquen durante la época de castración de la colmena.

Beatriz, la piloto del viejo descapotable, de color blanco roto y desgastado por largos rayos de sol que durante todos los años le radiaron, se quedó sin nada que entonar bajo su perdida mirada. Lo miraba de arriba a abajo; un pantalón de algodón orgánico en color beige, y con unas líneas oscuras que remataban cada uno de los simétricos cuadros que el hilo dibujaba sobre la tela. Una camisa abrochada, también a cuadros, esta vez los ángulos sobre las rectas aparecían dibujados en fino rojo bajo un fondo blanco —mezclado con un 1,5% de ocre— dando a la blusa el aspecto de tono grisáceo vainilla. Sus desnudas manos estaban manchadas de tierra, con arañazos en los nudillos, tanto como lo estaba su cuello. Su aspecto le confería un aire de misterio, tanto como su cabeza que quedaba oculta tras el sombrero de apicultor.

—No, no hablo de las plantas. Hablo de tan original apicultor con esas zapatillas negras que poco o nada combinan con el traje de jardinero —respondió vencida por el encontronazo. No esperaba a nadie a su alrededor.

—No obstante, usted ha mencionado la flora, y no ha mostrado rareza alguna por la fauna.

—¡Bueno! —Exclamó la mujer de pelo castaño claro y rizado— ¡Dejémoslo así! Ya me voy —dio un salto y pasó por encima de la puerta del auto, se sentó en el asiento, giró la llave hasta la posición de contacto, y cuando se disponía a arrancar el motor la pillaron por sorpresa.

—¿Adónde cree que va tan aprisa? —Guadalupe Cantalejo Caballero le habló mientras saboreaba la última galleta de avena que vino a probar en aquella cálida sobremesa— Si piensa coger un atajo; sé lo que dice el refrán, pero en esta ocasión todavía no sabe qué tal puede ser su dicha.

—¿Cómo dice? —Respondió Beatriz mientras Rocío Delgado Cantalejo, a cuestas con su bebé, le apuntaba con un pequeño revolver de cañón corto y tambor liso, salvo por unas pequeñas muecas—. Es la primera vez que veo esa peculiar pistola. Y también es la primera vez que existe un manifiesto de detención hacia mi persona. Detención que se producirá sin ni siquiera ser advertida por no sé quiénes, y sin haber cometido, en apariencia, delito alguno.

—¡Baje de una vez del auto! —Ordenó Guadalupe Cantalejo. Ambas quedaron eclipsadas, la una de la otra, bajo la inquietud de la nueva aparición del viejo descapotable; el mismo que otras veces hubiere cogido la ramificación de la carretera secundaria. Mientras tanto, Rocío seguía apuntado con la descargada arma—. ¡No tengo ganas de perder todo el día con usted! Jugando a este juego sin sentido.

—¡Tranquila! ¡Usted gana! —Beatriz levantó las manos y quedó medio muda ante la falsa amenaza.

—¿Quién dice que es, y cómo se llama? —Inquirió Guadalupe Cantalejo.

—Mi nombre es Beatriz —soltó la del cabello rizado.

—¿Beatriz? Seguro que hay más de alguna Beatriz por estos y aquellos lares —volvió a inquirir la impetuosa mujer.

—Beatriz Jiménez —replicó desnortada.

—Sigue pareciéndome un nombre, difuso, incompleto —esta vez intervino Tamara Castillo Cantalejo, modista y profetisa de afición.

—¡Vale! ¡De acuerdo! ¡Tú ganas! Mi nombre completo es Beatriz Jiménez Martínez.

—¡Eso ya está mucho mejor! —Lanzó con gran satisfacción la modista.

—¡Por supuesto que sí! —Afirmó Guadalupe Cantalejo, su tía—. ¿Qué has venido a hacer a este plácido lugar?

—Me salí del camino y cogí una ruta alternativa —miraba al cielo a la par que hablaba—. Y aquí me hallo ahora. Pero ya me iba.

—¡No tan rauda! —Se producía una nueva exclamación. Esta vez llevada a cabo por la altísima Rocío, mientras dejaba de apuntar contra Beatriz a la par que se desabrochaba la obertura de la parte superior del vestido fucsia para darle de amamantar a su criatura— ¿Acaso crees que podrás salir de aquí con ese viejo coche?

—¡Es cierto! No podré hacerlo —la situación, a vista de Beatriz, era totalmente disparatada—. Apenas tengo combustible. Dígame, ¿algún surtidor por aquí?

—No respondiste a la pregunta que te hice —soltó de sopetón y con gran impaciencia Guadalupe Cantalejo.

—Sí lo hice, pretendía pasear por la carretera. Cogí mi antiguo descapotable y me puse en marcha. El destino me ha traído hasta aquí —la rotundidad con la que hablaba la del pelo rizado no daba motivos para levantar sospechas ni suspicacias.

—¡Claro! Tu viejo descapotable blanco. ¡Ya! —Protestaba con saña Tamara— ¿Coincidencia, casualidad? ¡Dinos!

—¡No comprendo nada! ¡No sé qué hice de malo! ¿Salirme de la SE-7200? —Atónita seguía la que condujo el descapotable hasta ese punto.

—¡Vale! Has venido hasta aquí sin propósito alguno, seguro que algún interés tendrás. ¿Qué puedes aportarnos?

Tamara preguntó con el beneplácito de su tía mientras intercambiaba sensaciones y miradas con la forastera. Beatriz prestó atención hacia las manos de Tamara; sus uñas eran coloridas y todas diferentes, como pasajes a modo de capítulos de una misma historia.

—Necesitaré más tiempo para poder descifrar tus misterios —se le escapó.

—¿Pretendes decirnos que eres policía? —Dejó caer Guadalupe Cantalejo— ¡O puede que investigadora! —Tamara quiso hablar, mas su tía le hizo gestos para que se quedara en silencio, su sobrina obedeció.

—Pues sí, ¡lo soy! —Dijo con gran vehemencia— Rocío se echó a reír, pero de inmediato, y ante otro nuevo gesto de su tía, también se calló.

—¡Imposible! —Dijo con calma Guadalupe Cantalejo; hablaba por todas— De ser así lo sabría. ¡Sobrinas, registradla! —Beatriz alzó los brazos y con voz pasiva se prestó al cacheo.

—Mi arma reglamentaria está debajo de mi axila derecha y mi placa en el bolsillo derecho del pantalón, en el trasero.

—¡Bonitos senos y qué apretado culo tienes! —Propinó la dulce Tamara, embutida en su rol de modista— Gustarás mucho al barman.

—Y también a la doctora —añadió su prima Rocío. Los gestos y apariencia de Beatriz las llevó a pensar que ya sabía lo de su culo prieto y lo de sus redondos pechos. Y todo esto bajo la mirada de indiferencia del jardinero quien todavía no se había pronunciado. En este instante lo hizo.

—¿Podéis ser cautas? No hay quien se concentre con las flores cuando os enfrascáis en vuestras retahílas.

—Jardinero —se le dirigió Guadalupe Cantalejo—, nadie te ha pedido que presencies la escena. Eres libre de irte cuando gustes o, por el contrario, permanecer callado. Sigue con tus flores y frutas salvajes, con esa bella biodiversidad de insectos, roedores y reptiles. Y deja ya de entrometerte en asuntos ajenos.

—¡Usted gana! ¡Ya me voy! —Pronunció con gran desgana el tipo.

Abrió su petaca metálica, la cual tenía una serigrafía que Beatriz no pudo apreciar con claridad, y dio un trago de Mezcal, después se fue con su triste caminar mientras clavaba su mirada en la bebé; Martina, y en su madre; Rocío. La altísima madre lanzó un gesto de desprecio. Luego, en cuanto el jardinero se giró, su semblante se volvió opaco y triste. Miraba a su bebé a la par que la acariciaba. Toda aquella situación parecía difusa ante las atónitas y redondas córneas de la policía, detective, o lo que quiera que fuese la tal Beatriz. No comprendía bien cuál era el enredo. De modo que no le quedó más que aceptar la partida y seguir el juego a las mujeres.

—¿Puedo, entonces, subirme a mi coche e irme de aquí de una vez por todas? Prometo no volver a molestar en este término.

—Olvidas dos cosas; joven —Guadalupe Cantalejo extendió la mano y Tamara posó sobre aquella la placa de policía de Beatriz. La pistola se la prestó a su prima quien la guardó—. La primera; el auto, como de costumbre estará sin combustible. Por tanto, tardarás en irte. La segunda y más importante; quedas detenida.

La que dijo ser agente de policía poco crédito daba a los enunciados. Pronto, a juzgar por su semblante, un pensamiento le rondó por la mente. Y al ver que sus opresoras lo esperaban lo dijo:

—¿Como de costumbre está sin combustible? ¿Cuándo coño he estado yo por aquí? ¿Y detenida? ¿De qué se me acusa? ¿De tener el depósito en reserva?

—No pronuncies con tanto desprecio, querida —Rocío, con sus 190 centímetros de altura cuando va descalza, se le acercó a la par que apretó los dientes mientras daba dulces palmaditas en la espalda de su bebé—. En Penrose no toleramos bien la falta de respeto —la intimidación surgió efecto, no era para menos.

—Pido disculpas si he ofendido a alguien —acertó a decir—, aunque sigo sin saber de qué se me acusa.

—Posesión ilícita arma y falsa identidad —dijo con gran dureza Guadalupe Cantalejo—. Aun más falsa que esta placa que llevas —y la arrojó al suelo. Esta vez fue Beatriz quien apretó los dientes, mantuvo ese espléndido tipo que tiene por cuerpo y nuevamente miró a las nubes, como si aquellas pudieran proporcionarle una nueva estrategia. Y de manera equivocada surgió.

—¿Y quién me juzgará?

—¡Querida farsante de nalgas prietas! ¡Aquí mando yo! —dijo con rotunda firmeza Guadalupe Cantalejo— Aquí yo represento a la justicia. ¡Yo soy la justicia!

—¿Y no se me concederá un juicio justo, ni una defensa?

—Por supuesto que sí. Niñas, avisad a la doctora —ojeó a Beatriz con gran descaro—. ¿Policía dices? ¿Con esa ropa de tío? Con lo mona que eres y ese aspecto de hombre. ¡Qué pena!

Beatriz extendió las manos, como si se encontrase bajo una locura transitoria, su mímica decía: “¿Pero qué me estás contando? ¿Acaso voy mal vestida?”.

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